Crónica tertuliana. “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo

Fuimos menos que en otras ocasiones los reunidos en la tertulia del viernes 8 de noviembre, pero pudimos estar más juntos, algo que más de uno seguro agradeció dado el carácter de la historia que esa noche llevábamos entre manos: los muertos vivientes de Juan Rulfo. Ya antes del inicio alguno de los contertulios manifestó la conmoción y el mal cuerpo que le había dejado la lectura de Pedro Páramo.

Se empezó haciendo una pequeña semblanza de Juan Rulfo y de su producción literaria, parándonos, como suele ser habitual, en el carácter excepcional de esta obra, no sólo en lo referente a su calidad e innovación estilística, sino en el hecho de que, después de ella, el escritor apenas volvió a escribir. Aquella novela no pudo hacer serie, ni Rulfo ajustarse al patrón habitual del escritor profesional. Al parecer, y según aclara él mismo, no se gana la vida escribiendo, sino trabajando, y escribir no es en él una actividad habitual sino muy esporádica. A este respecto la idea que más cuajó entre los contertulios es que Juan Rulfo escribió lo que necesitaba escribir: Pedro Páramo, y poco más.

Se puso de manifiesto la dificultad que presenta este texto para articular algo coherente sobre el mismo. O bien te deja con la boca abierta, fascinado, o bien un poco molesto con el autor por no haber redactado la historia de una forma más sencilla, con un estilo menos rebuscado y más comprensible.

Las mayores dificultades de lectura que allí se pusieron de manifiesto fueron relativas a la confusión entre la naturaleza viva o muerta de los personajes y a la identificación del narrador que en cada momento da cuenta de los hechos, quién habla y desde dónde.

Esta facultad que tiene el lenguaje de vincular espacios de tiempo, lugar y estado vital aparentemente irreconciliables se ilustró con la anécdota del niño enfermo que viendo rezar cerca de él a su anciana abuela, se le ocurrió preguntar, no sin una cierta inquietud: mamá, ¿es que me he muerto ya?

Se habló de Comala como un purgatorio, y se dejó planteada la pregunta acerca de cual sería la culpa que llevaba  a sus habitantes en pena por aquellas desiertas calles y páramos donde Pedro Páramo hizo de la ley un despiadado ejercicio de venganza, crimen y corrupción. La referencia al padre primordial de Tótem y Tabú tuvo aquí el efecto de una clave de lectura.

Y se nos quedó en el tintero comentar la curiosa relación que tienen las ánimas de Comala con las palabras, esas palabras sin sonido, que se sienten pero no se oyen, y esos murmullos que son voces pero no palabras. Ya era tarde y este tema no suscitó demasiado agrado. Al parecer en la casa de algunos de los contertulios se escuchan sonidos que era mejor no empezar a confundir con murmullos.

No sabemos hasta qué punto Pedro Páramo y las almas en pena de Comala tuvieron algo que ver, pero me consta que esa noche casi todos volvimos a casa antes de la hora que suele sernos habitual.

Alguien que estuvo allí.

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