NIEBLA, de Miguel de Unamuno. Apuntes sobre “el autor”. Gabriel Hernández

Mi propuesta de lectura consiste en dividir este relato justo allí por donde entra “el autor”. Tendríamos un antes y un después de esta intromisión. El relato quedaría cortado y la novela propiamente dicha suspendida; lo que viene después sería otra cosa.

La polémica entre el autor y el personaje es sobre todo un golpe de efecto que, si bien puede impresionar al lector, no deja de poner de manifiesto el carácter absurdo de dicho recurso. Dentro de esa estructura de ficción que es la novela no parece viable que el autor hable con su personaje sin que se desvirtúe todo el sentido de la estructura novelesca. El personaje, para hacerse cargo de su función, no puede saber que lo es, que todo lo que siente y padece es invención de un autor. Pero tampoco el autor puede meterse en la escena, ya que entonces él mismo dejaría de ser autor para convertirse en personaje, pasaría de ser el autor del personaje a ser el personaje autor.

Hay una barrera que no se puede traspasar si queremos seguir manteniéndonos en ese género de ficción que es la novela. Si se tratase de una obra de teatro, sí sería posible que el actor hablase con el autor de la obra, pero el actor no es el personaje, el actor interpreta al personaje. Pero en esta novela lo que se consigue es mermar la credibilidad al personaje haciendo de él un actor en desacuerdo con su papel y convirtiendo los últimos capítulos en una especie de farsa, subgénero teatral.

Otro es el apelativo con el que se  nombra en el propio texto a estos capítulos finales. Cuando la polémica entre el “autor” y el personaje está en su punto más álgido, aquél, muy indignado ante las impertinencias del personaje, exclama: “esto no sucede nada más que…”, “en las nivolas”, concluye el personaje.

Nivola es un apelativo puesto en circulación por el propio Unamuno para referirse a sus novelas y sobre cuyo carácter como género literario no vamos a intentar hacer ninguna aclaración o definición salvo la del propio Unamuno: “Esta ocurrencia de llamarla nivola fue otra ingenua zorrería para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea”. Lo bueno y lo malo de Unamuno es que parecía querer decirlo todo y estar en todos los lugares.

En cualquier caso a nosotros nos puede servir para marcar ese punto de separación que decíamos al principio, señalado por la entrada en escena del “autor”, entre novela y nivola.

A partir de ese momento se va gestando un final alejado de aquella lógica interna del relato que en algún momento reivindica el personaje frente a los abusos del autor, una lógica que no tiene autor, ya que se trata de un efecto devenido del propio acto de narrar, efecto del cual algunos escritores dan noticia cuando informan de episodios en los que la narración se les va de las manos, va sola y los personajes adquieren vida propia. Pero este autor no permite que su personaje se le escape de las manos y tenga el final que le sea propio.

Esta intromisión del autor podría ser un rasgo del tantas veces comentado –sobre todo entre sus contemporáneos- egotismo unamuniano. Ortega y Gasset decía no haber conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno.

La cuestión sería qué incidencia puede tener este rasgo sobre la producción literaria. Si hacemos uso de Augusto Pérez como ejemplo paradigmático, podríamos decir que el yo del autor supone una traba para el desarrollo de sus personajes en tanto no puede dejar de inmiscuirse en sus vidas, dificultando con ello su despliegue según esa lógica interna de la que hablábamos antes.

Durante el transcurso de la discusión el autor manifiesta que ya no sabe qué hacer con su personaje. Por su parte, Augusto Pérez, tras su fracaso amoroso, ha quedado huérfano de autor. Que tenga que dejar su ciudad, su casa, sus sirvientes, sus amigos, para irse a Salamanca en busca del autor, es signo de esta orfandad, de que ya sus peripecias vitales no son dirigidas por un autor. Por eso tiene que ir a buscarlo. Y eso es lo que le confiesa el propio autor, que ya no sabe qué hacer con él. Parafraseando el título de la obra de Pirandello, en ese momento Augusto Pérez es también un personaje en busca de autor.

Pero lo interesante  es que este desfallecimiento de la función del autor, esta dificultad para seguir haciéndose cargo de su personaje, tiene otra cara completamente distinta: la de la omnipotencia yoica. Así se nos muestra el “autor” en su combate dialéctico con el personaje, todopoderoso y capaz de hacer con él lo que le dé la gana. A pesar de que ya no sabe que continuidad darle a las aventuras de su personaje, allí se va a seguir haciendo lo que él mande. Y lo que él manda es un final pegoteado, más absurdo cuanto más lo va retrasando y que alcanza la cima de su patetismo con el epílogo canino. Resulta evidente que este autor, aunque siga conservando el poder, ha perdido toda su autoridad sobre el personaje.

Sin duda lo que termina llevando el relato a ese punto de bloqueo que hace precisa la intervención personal del autor, es el tema que hasta ese momento había sido el argumento mayor de la novela: la relación de Augusto Pérez con las mujeres, con su madre, con Eugenia, con la tía de Eugenia con Liduvina, con Rosario… Qué puede hacer con ellas y qué es lo que ellas hacen con él, así como todas aquellas graves cuestiones relativas a la psicología femenina por las que poco a poco se va sintiendo abrumado, el alma, la palabra y el deseo de las mujeres.

Posiblemente el autor no supo cómo salir de esta encrucijada y fue por eso que se metió en el relato; pero lo hace  corriendo un tupido velo sobre aquello y cambiando de tema. La causa –una mujer- que ha llevado a Augusto Pérez a plantearse el suicidio y a ir en busca de consejo queda fuera del debate. Allí es sustituida por una causa yoica, de puro prestigio, de ver quién puede más. Causas opuestas, difíciles de conciliar, ya que suele pasar que una de ellas venga a tirar por tierra a la otra. En esos tres últimos capítulos lo importante ya no será la cuestión femenina, sino la cuestión autor, un autor que finalmente vendrá a demostrar que tiene sobre Augusto un poder incluso mayor que el de las mujeres. No lo matará una mujer, lo matará él.

Gabriel Hernández

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