Comentario de Gabriel Hernández sobre “Los Días Equívocos”, de Antonio Bravo

Mucho tiempo ha llevado a Antonio Bravo dar forma definitiva a esta su obra inaugural, de la cual tuve primeras noticias hace algo más de un quinquenio. Un tiempo, al decir de la contraportada del libro, llevado entre períodos sangrantes y momentos fecundos, ciclos que han transcurrido necesarios antes de que este libro se dejase caer en nuestras manos, tiempo de espera que también nos evoca aquel precepto horaciano según el cual deberían pasar diez años antes de exponer un texto a la luz pública, y ello sólo después de haber constatado que aún conservaba su frescura.

Habría días en los que el escritor trabajaba el texto y otros en los que sería el texto quien trabajase al escritor. La forma literaria no solamente se consigue puliendo el texto. Se trata, sobre todo, de pulir al escritor, desidentificarlo, borrarlo hasta que de él sólo quede un estilo. Son destacados los ejemplos en los que el buen texto literario se ha querido sin autor conocido. Así se quieren La Biblia, Las mil y una noches o El lazarillo de Tormes. Talvez eran tiempos aquellos en los que la gente prefería escuchar historias verdaderas antes que historias inventadas. Incluso el propio Cervantes juega a ocultar su autoría repartiendo el origen de la leyenda de Don Quijote entre varios antiguos manuscritos, algunos anónimos y otros atribuidos a un tal Cide Hamete Benengeli. Y es también allí  donde nos parece ver el sacrificio del autor en aras a conseguir el momento fecundo del escrito, el eclipsamiento del uno para la brillantez y veracidad del otro.

Se diría que lo único que pasa en esta historia es la vida. Una vida contada con un verbo tan denso que da materia a todo lo que toca; se huelen los olores, se escuchan los sonidos, se ven las miradas. Y parece que estemos allí mismo, en el salón donde  el protagonista acuerda con Mamerto el Colillas el coste de la reforma de la casa y despide al comprador de viejo porque prefiere hacer con sus queridos muebles un acto de generosidad antes que dejarse hacer un acto de avaricia; o en el balcón, desde el que observa estremecido la sombra nocturna del perro hambrío; o en el patio familiar, donde, tras la cena, se le da al palique y los sentidos se adormecen al olor del espliego.

El relato se hace hospitalario, acoge al lector y lo hace sentir como en su casa.

Pero a veces el protagonista se pone delante de la vida, como intentando no dejarla pasar si antes no le revela su secreto. Es entonces cuando su curso queda entorpecido por lejanas filosofías, sentencias y dichos de la erudición libresca en los que el protagonista ansía encontrar la fórmula del saber vivir. Entonces la vida ya no fluye de la misma forma, no es tan corriente, casi se empantana y corre el riesgo de pasarle por encima. Por suerte el protagonista vuelve a dejarse llevar de su ignorancia, agarrado al inoperante timón de su interrogante existencial, y la vida vuelve a pasar cotidiana, asombrosa, inesperada,  y  él no deja de contárnosla. Y de nuevo intentará detenerla para evitar seguir perdiendo días sin haber sabido vivirlos. Y de nuevo volverá a descubrir que es más hermosa cuanto más y mejor fluye, aunque sea por un “reciente tramo de autovía iluminado como una feria de abril”.

Se trata de un personaje divalente, al que a veces vemos paladear la vida y sus exquisiteces sensitivas, intelectuales y convivenciales, y otras lamentarse por no saber vivirlas, un personaje cuya vida no se concilia con el relato que hace de la misma. Recordemos que la historia está contada bajo la forma del narrador protagonista. Pero es uno el que cuenta y otro el que vive, y son escasos y efímeros los pasajes en los que lo que más cuente sea vivir. El relato se adereza frecuentemente con un juego de  frases invertidas mediante el cual surgen entre los términos sentidos diferentes, en ocasiones antagónicos, dos formas de decir, que nos presentan dos modos diferentes de sentir, de estar, de pensar, de ser, a ninguna de las cuales consigue anclarse el personaje, que seguirá divagando entre el querer saber y saber querer, una más de las fórmulas sobre las que transcurren sus días equívocos.

Y llegamos al final. Y tampoco allí nos desprendemos del equívoco. El narrador no nos cuenta cómo ni por quién fue rescatado el personaje tras el accidente. Podría no haber habido tal rescate. Nadie escuchó su llamada. Después se va perdiendo el rastro de todo aquello que lo identificaba, su mujer, su casa, su amigo… Talvez murió allí, y ese otro que habla al final sea el narrador solitario y amargado que no lo dejó vivir.

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Un pensamiento en “Comentario de Gabriel Hernández sobre “Los Días Equívocos”, de Antonio Bravo

  1. COMENTARIO DEL AUTOR A TITULO DE COMPLEMENTARIO.
    Como quiera que este escrito tendrá su asiento en “Deje una respuesta” al pie del comentario de Gabriel sobre “Los días equívocos”, digo lo siguiente, pasados tres meses desde que se publicó en De letre a dos el dicho comentario; a saber: en este tiempo he tenido ocasión de escuchar a distintos lectores, entre ellos mi comentarista, Gabriel, coincidir en algunas valoraciones, tal las que extraigo del comentario y plasmo en cursiva:
    “Se diría que lo único que pasa en esta historia es la vida. Una vida contada con un verbo tan denso que da materia a todo lo que toca; se huelen los olores, se escuchan los sonidos, se ven las miradas. Y parece que estemos allí mismo, en el salón donde el protagonista acuerda con Mamerto el Colillas el coste de la reforma de la casa y despide al comprador de viejo porque prefiere hacer con sus queridos muebles un acto de generosidad antes que dejarse hacer un acto de avaricia; o en el balcón, desde el que observa estremecido la sombra nocturna del perro hambrío; o en el patio familiar, donde, tras la cena, se le da al palique y los sentidos se adormecen al olor del espliego.
    El relato se hace hospitalario, acoge al lector y lo hace sentir como en su casa.”
    Estoy de acuerdo en cada uno de los aspectos nombrados. Y añado: una vida trepidantemente cotidiana. Ahora bien, el personaje está embarcado en la tarea de encontrar un saber vivir que rastrea en sus lecturas y persigue por sus páginas, indicación recogida en el siguiente entrecomillado:
    “…su curso queda entorpecido por lejanas filosofías, sentencias y dichos de la erudición libresca en los que el protagonista ansía encontrar la fórmula del saber vivir”.
    “Se trata de un personaje divalente, al que a veces vemos paladear la vida y sus exquisiteces sensitivas, intelectuales y convivenciales, y otras lamentarse por no saber vivirlas, un personaje cuya vida no se concilia con el relato que hace de la misma. Recordemos que la historia está contada bajo la forma del narrador protagonista. Pero es uno el que cuenta y otro el que vive,…”
    Creo que podemos ser más precisos, a saber: el personaje está persuadido de que este saber vivir guarda el acceso a la felicidad. Este es el motivo de su lamentar. Cuestión que nos coloca ante un personaje complejo y acomplejado, casi podría decirse que es incapaz de sentirse a gusto esté donde esté:
    “Los días equívocos habían hecho de mí un verdadero impedido, un disminuido para disfrutar y saborear los momentos de dicha y contento”
    Es más, él, que no duda en señalar y reconocer la felicidad en los otros, (pretendida y perdida felicidad para sí mismo), él que vive rodeado de gente “feliz”, (pg.96), ¿Cómo es posible que teniendo a la vista esa felicidad de los demás, no “quiera saber ni manifieste interés por ello/s; o lo que es lo mismo, cómo se busca lo que está a la vista? ¿Qué quiere, qué busca en realidad?
    A mi modo de ver, más que divalente, es un personaje nolovolente. Vive de tal modo y tan insatisfecho que vive un sin vivir entre esos juegos de palabras en los que espera alguna orientación, en los que quisiera hallar un sentido pacificador: “… restablecer, poco a poco, algo de ese cielo azul y pacífico que alguna vez fue mi vida… el claro mirar y el ritmo de la voluntad animosa.”
    Este personaje, que quiere y no quiere, que piensa de sí mismo que al tiempo que no quiere saber, no sabe querer, sabe no obstante de qué se trata cuando nos habla de los días equívocos:
    “Ahora sentía los días equívocos como puntadas punzantes en el bastidor vacío de sus horas y me afligía sin consuelo descubrir la taimada capacidad con que soportaba el malestar y la insatisfacción en que vivía.”
    Y también:
    “… así me parecían los días equívocos: montones de tiempo vivido que no había servido para nada pero necesario para llegar a desentrañar, a veces, el tortuoso sendero que nos lleva y nos devuelve a nosotros mismos.”
    El personaje, apabullado y asombrado por su “interrogante existencial” se deshace y se distancia de esa “erudición libresca” aunque esta conclusión no le aporte la verdad que busca(ba):
    “Aquí, frente a tanto libro, mi alma se abre a una verdad que ninguno de ellos me dirá.”
    La historia está contada bajo la forma del narrador protagonista. Pero es uno el que cuenta y otro el que vive, observa nuestro comentarista. No teniendo ningún género de duda de que esto es así, añadimos nuestras observaciones, a saber:
    La historia está contada en primera persona, YO, del presente de indicativo en donde NARRADOR PROTAGONISTA
    YO YO
    Este relato se puede considerar como una narración del yo donde el protagonista es el yo de la narración. Yo cuenta (o se cuenta) desde su subjetividad lo vivido (su historia) y lo cuenta para vivirlo. El final, nos releva de pesquisas innecesarias acerca de la suerte que corrió tras el accidente. Ese final, que afirma: “Escribo los días equívocos ahora… cuando ha pasado el tiempo…” es inequívoco, y no deja margen respecto a otras posibilidades de dudosa supervivencia puesto que, si es cierto que nadie escuchó su llamada de auxilio, no lo es menos que alguien lo está buscando. Por otro lado, se afirma en ese final: “A mí me rescataron de la que fue mi casa cuando se incendió fortuitamente.” Y también: “Miguel, murió.” Cuando el narrador protagonista se lanza en la noche a ese viaje a ninguna parte con tan funesto resultado, Miguel vive. Es improbable que el narrador protagonista tal vez muriera allí.
    Ya para terminar añadimos esto: en la pg. 118 (el accidente) y en la 123 (Final) la voz narrativa dice: “Estoy solo. Todo lo solo que puede estar un hombre” y “Creo que estoy solo, todo lo solo que un hombre puede estar”, respectivamente. Nos preguntamos, ¿Quién es narrador y quién protagonista en cada caso? ¿Quién murió y quién es el amargado solitario?

    Antonio Bravo Céliz

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