“Cosmética del enemigo” de Amélie Nothomb: Un título a descifrar, por Gabriel Hernández

“Cosmética del enemigo” es, como tantos otros de Amèlie Nothomb, un título a descifrar. Su sentido no parece estar en el texto; uno termina de leer la novela y sigue siendo tan enigmático como al principio; el relato apenas ha tenido algún efecto de sentido sobre aquélla primera inscripción.

Más que el texto, la clave de ese título parece tenerla Textor. Él es quien ilustra a Jérôme cuando éste le pregunta por la relación entre los productos de belleza y aquella historia:

“La cosmética, ignorante, es la ciencia del orden universal, la suprema moral que determina el mundo. No es culpa mía si las esteticistas han recuperado esta admirable palabra.”

Si nos retrotraemos a los orígenes etimológicos de la palabra cosmética, la encontramos allí ligada al término cosmos. Cosmos es el orden, la armonía y la belleza que surge del caos. En la cosmogonía griega ese orden se va imponiendo a base de violentas luchas entre los dioses antiguos. Así hasta que Zeus toma el poder. Entonces se instaura la armonía olímpica y las luchas intestinas entre los dioses pasan a ser intrigas palaciegas relacionadas con las rivalidades y desacuerdos que surgen entre ellos a propósito del favor o la desgracia que es preciso hacer llegar a determinados humanos.

Por su parte, en la cosmogonía judeocristiana el orden surgen del poder de la palabra de Dios que va separando los elementos que conformaban el caos primordial: la tierra de los cielos, la luz de la oscuridad, la tierra de las aguas.

Es decir, cosmética tendría que ver con el orden y la armonía de un cosmos surgido, mediante separación y nominación, del caos primigenio, de allí donde todo estaba mezclado y confundido. Podríamos decir que el cosmos, en contraposición al caos, es cosmético.

Cabe la posibilidad de que Textor estuviese medianamente de acuerdo con esa definición según la cual el cosmos olímpico del que hablábamos antes sería el resultado de una operación cosmética llevada a cabo sobre el caos original. Sin embargo él no es griego, es jansenista, y eso supone un cambio de orden moral: del aristocrático al absolutista. Así se define él mismo: “Soy una persona extremadamente formalista. Actúo según una cosmética rigurosa y jansenista”

La doctrina jansenista surgió en el siglo XVII en el seno de la iglesia romana. Se basa en la predestinación: Dios ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación. Y lo hace de la siguiente forma: creó al hombre con la gracia suficiente para salvarse, pero después del pecado una invencible delectatio terrestris (gusto por las cosas de la tierra) pasó a formar parte de su naturaleza y esa gracia suficiente con la que fue creado ya no bastó. Hizo falta un plus de gracia, la gracia eficaz, y es ese plus de gracia, esa gracia eficaz, es la que Dios otorga de forma discrecional, por no decir arbitraria o caprichosa. Es decir, entre Dios y los hombres no hay pacto, acuerdo, mediación, reparación de agravios, posibilidad de expiar la culpa…, en definitiva, no hay posibilidad perdón. El que ha sido condenado por la predestinación, el que no ha sido elegido por Dios, cumplirá su destino de forma implacable.

Ahí empezamos a reconocer el destino de Textor: “Cuando uno está destinado a ser culpable, no necesita tener nada que reprocharse. La culpabilidad se abrirá paso de la forma que sea. Es una cuestión de destino”

Entre Jerôme y Textor hay caos, desacuerdo, choque, falta de reconocimiento de Jérôme por Textor, y exceso de conocimiento de Textor sobre Jérôme. Viven demasiado juntos, como el anverso y el reverso de una moneda, y Dios ha perdido su poder para separarlos y ordenarlos: “¡no me gustaba la comida para gatos! ¡Era un enemigo interior quien me había obligado a comerla! Y aquel enemigo, que hasta entonces había permanecido en silencio, resultaba ser mil veces más poderoso que Dios, hasta el extremo de hacerme perder la fe no en su existencia sino en su poder”

Dios ha perdido su poder para obligarlo a separar la comida para gatos de la comida para personas, y ese poder diferenciador que ha perdido Dios, lo ha ganado el enemigo interior, cuya tarea parece ser precisamente la contraria, es decir, volver a mezclar de forma caótica lo que debería estar separado y ordenado.

Otro ejemplo de lo que el orden mantendría separado y el enemigo interior vuelve a juntar es el amor y la violación. Textor argumenta que violó a Isabelle porque estaba enamorado de ella. Cuando años más tarde vuelva a encontrarla y le explique que lo que hizo fue por amor, ella sentirá naúseas.  La mezcla de amor y violación es también comida para gatos, algo difícil de tragar.

Decíamos antes que había una falta de reconocimiento de Jérôme en relación a Textor. Textor una y otra vez, intenta hacerse reconocer por Jérôme. Lo que hace que Jérôme no pueda reconocer a Textor es el yo. Jérôme se aferra tanto a su yo que llega a exasperar a Textor: “Extraña religión, la del yo…”. “Soy yo, sólo yo, nada más que yo…”. “Así, por más que un espléndido filósofo de hace tres siglos dijera que el yo resulta odioso, o un extraordinario poeta del siglo pasado declarase que yo es otro…”.  “…yo soy yo, tú eres tú y cada uno en su casita”.

Textor se ríe  de la certeza yoica de Jérôme. Pero Jérôme tiene además otra certeza, la de que Textor es alguien real. En este personaje la certeza yoica, es decir la de que yo soy yo y únicamente yo, aparece ligada a la certeza de la existencia del otro, otro que, sin embargo, sólo él puede ver y escuchar. Textor no puede convencer a Jérôme de que forma parte de su ser precisamente porque Jérôme tiene la certeza de que Textor existe fuera de él, es decir , que es otro. La certeza sobre mi identidad se sostiene sobre la certeza de la identidad del otro. Por el contrario, si soy capaz de dudar de que yo soy yo seré también capaz de relativizar la existencia del otro, su deseo, su poder, su maldad, su amor.

Si ahora volvemos a la frase del poeta, ese “yo soy otro”, vemos que va en el sentido de poner en cuestión mi propia existencia yoica, puesto que soy otro, y la propia existencia del otro, puesto que podría ser yo.

Tanto yo como el otro tenemos una falta en la identidad, no sabemos a ciencia cierta quienes somos, y por eso nos dirigimos al otro en demanda de reconocimiento. Podríamos decir que el inconsciente, como reconocimiento de ese otro que me habita, es algo que le está vedado a Jérôme, el cual sólo puede reconocer a ese otro como situado fuera de él.

Y eso a pesar de que, como decíamos antes, Textor es alguien que sólo ve y escucha él mismo.

“Eres el único que me ve” –le dice Textor. “Ni siquiera yo puedo verme a mí mismo.”

Textor es una palabra sin sujeto, una palabra que habla sola, sin aparente portavoz. Es una voz alucinada.

Entre Jerome y la voz de Textor no parece haber posibilidad de mediación. Pero  si Jerôme, en lugar de sólo prestar oído a su oponente, se hubiese dedicado, mientras esperaba en el aeropuerto, a escribir el texto de Textor, tal vez habría conseguido acallar su voz.

Gabriel Hernández -Psicoanalista-

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