“Cosmética del enemigo”, de Amélie Nothomb: Lo que se cuenta el enemigo, por Concha M. Miralles.

El argumento del enemigo ha sido tratado muchas veces en la literatura. Por citar alguna obra recordemos el “Episodio del enemigo”, escrito por Jorge Luis Borges. En esta, como en la “Cosmética  del enemigo” de Amélie Nothom, el enemigo presentado en la pesadilla del protagonista no es más que su otro yo, quien viene a presentar a la muerte como el fin de los conflictos que han tenido a lo largo del tiempo.

El enemigo, cuando actúa de esta manera es capaz de poner en su boca las palabras que el otro no quiere escuchar. Pone voz a lo indecible, y por eso precisamente no puede ser otra cosa que enemigo.

Pero, ¿qué es lo que sabe el enemigo? ¿Se puede saber lo que otro piensa con más certeza que uno mismo? ¿Pueden decirse los recuerdos y deseos más recónditos cuando su propio dueño no desea escucharlos ni saberlos y preferiría ignorarlos para siempre? ¿Quién es ese otro que puede tener tanto saber y tanto poder como para hacerlo? Jerôme Angust insta con insistencia a su interlocutor, Textor Textel, para que se calle  y no lo moleste más, para que no prosiga en su discurso omnisapiente. Este excéntrico visitante que se le acerca en la sala de espera de un aeropuerto le resulta inoportuno, odioso, ofensivo. Una y otra vez lo insulta, le dice que se vaya y que lo deje en paz. Todo lo que cuenta el intruso es una agresión a sus oídos, un desvelamiento al que se resiste inútilmente, porque no hay nada que pueda detener a Textor Textel: él se ha propuesto aprovechar la larga espera en el aeropuerto de Angust para desgranarle una verdad insoportable: relatarle lo que no se atreve a reconocer de sí mismo, su parte más abyecta e inconfesable. Es el retrato escondido de Dorian Gray expuesto de pronto ante él para su propio horror y vergüenza.

Las palabras de Textor, lo que sabe y le cuenta al indefenso Jerôme, son las que él no quiere pronunciar, las que lleva toda la vida escondiendo, pero de repente surge alguien que todo lo sabe, y Textor Textel hace suyas las palabras y la vida de otro; sólo él puede poner voz a los secretos. Palabras a las que se renuncia, que se niegan. Palabras que queman, que hacen daño, que causan estupor. Palabras amordazadas, enmudecidas, arrojadas al olvido. ¿Acaso esas palabras que trae Textor Textel no tenían dueño antes de que el enemigo las hiciera suyas…? ¿Es necesario inventar este alter ego para poder hacerlas audibles? Angust concede este don a Textor Textel: el don de la audición. Le concede las palabras que él debería confesar pero que no puede y las pone en boca de otro para, así, hacérselas escuchar. Es una concesión bastante egoísta, en cierto modo. Sin querer, queriendo…

¿Cuál es el procedimiento por el cual las palabras pasan a ser propiedad de otro? ¿Es en ese proceso donde el enemigo se convierte en tal y se hace también dueño de su alma y de sí mismo?

Textor y Jerôme son la misma persona, pero a este conocimiento llegamos cuando la historia está muy avanzada. Lo sorpresivo es que a este descubrimiento llegamos porque Textor puede contar cosas que nadie sino Jerôme puede saber. Se ha hecho el dueño de sus palabras y con ellas se ha convertido en él mismo, en su doble o en su nada, porque no hay nada más auténtico y singular que las propias palabras. Por eso nadie puede verlo: Textor Textel es invisible para otros ojos que  no sean los de Jerôme. Ni siquiera podrá matarlo, y en el intento la única vida que se pondrá en riesgo será la de Jerôme. El cuerpo de uno es el reflejo del otro. Las palabras de uno están en la boca del otro y hacen daño a los oídos del primero. Hacen falta dos cuerpos para eso. El delirio de Jerôme pasa por esta condición: construir un enemigo con la suficiente consistencia como para ser el guardián, el soporte de su realidad, hasta que esta se haga tan insoportable que sea preciso destruirlo para dejar de escuchar.

Únicamente matando a Textor Textel dejarán de escucharse las palabras que sólo el peor de los enemigos podría traer. Un regalo envenenado  envuelto en el celofán de la cosmética mejor organizada.

Encontrar el orden de esa singular cosmética ya es asunto de otro análisis.

Concha M. Miralles (Psicóloga y escritora)

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