El túnel: tres pinceladas a un cuadro, por Concha M. Miralles

EL TÚNEL: TRES PINCELADAS A UN CUADRO

Primera.

El Túnel (1948), junto a Sobre héroes y tumbas (1.961) y Abaddón el exterminador (1.974)] es una de las tres novelas de Ernesto Sábato. Las tres obras tienen en común los mismos códigos simbólicos, y estructuras similares. Como dijo el propio Sábato, “todas son formas de los mismos fantasmas“. Hay referencias de unas obras en las otras, por ejemplo en “Sobre héroes y tumbas”, en el Informe sobre ciegos, Sábato, en su inclinación hacia las disgresiones, realiza una larga referencia metaliteraria a El túnel, donde analiza el “caso Castel”.

El túnel comienza teniendo una estructura narrativa de tipo periodístico. La novela, en su inicio, pretende relatarse como una «crónica policial»:

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel…”(capitulo I, pág.11.)

“Como decía, me llamo…” (capitulo II, pág.13).

“Todos saben que maté a María Iribarne Hunter.” (capitulo III, pág.16).

Al final, tras la larga digresión que constituye la novela en sí, donde Juan Pablo Castel explica sus motivos para matar a María Iribarne Hunter, vuelve a cerrarse la “crónica periodística”, esta vez con el diario abierto durante el desayuno de cualquier persona, cualquier ciudadano, cualquier posible lector…

Desde su calabozo, Castel dice: “Pensé que muchos hombres y mujeres comenzarían a despertarse y luego tomarían el desayuno y leerían el diario e irían a la oficina.” (Cap.XXXVIII, pág.127). Ahora ese público lector, esos destinatarios anónimos (los mismos para los cuales Castel escribe su relato) van a leer la crónica del asesinato de María Iribarne. Es decir, el discurso nombrado en este enunciado cierra el discurso del asesino, la confesión que hace de su crimen desde la cárcel.

Sin embargo se trata de una estructura de discurso periodístico muy singular, ya que hay una especial manera de alterar la secuencia narrativa. Desde el primer instante se nos da a conocer el final de la trama, el asesinato de una mujer, y todo el relato irá desenvolviéndose hacia la explicación de las razones que llevaron al protagonista a realizar ese asesinato. La historia interna de ese crimen es la novela, y como para relatar esa historia el protagonista se sumerge en su propio yo, el tiempo va a subjetivarse, rompiéndose el estricto orden lógico en la presentación. Es evidente pues que tanto la pérdida del hilo de la narración como la ruptura del orden lógico responden a necesidades propias de la narración, y son por lo tanto parte del discurso narrativo.  

La función de la crónica policial es la de informar de los crímenes cometidos, registrar los incidentes sucedidos; en ningún momento pretende explicar el asesinato. Podemos preguntarnos cuál es el propósito de Castel al contar su historia: “Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó…”(Cap.II, pág.14). Pero no es lo que hace Castel con su relato de los hechos; por el contrario, hay una “manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida”. Que la afirmación de Castel es falsa lo prueba la “debil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme”

 

Segunda.

La maternidad es un tema relevante en la obra, si bien aparece de una forma muy simbólica. El cuadro que pinta Juan Pablo Castel y que tanto llama la atención de María Iribarne, se titula “Maternidad”, y la matriz de una madre es comparada con un túnel del que, por otra parte, nunca saldrá Castel. Por tanto, al matar a María (nombre de la mujer– madre por antonomasia), el protagonista también está matando a su propia madre, y en cierta medida a sí mismo.

Hay que recordar que la figura materna tiene una importancia primordial en Sábato. En el capítulo II de su libro Memorias antes del fin (1.998) se lee que la madre de Sábato perdió a su madre con solo 8 años y, a su vez, ella perdió a un hijo de 2 años de edad, Ernestito, mientras estaba embarazada de Ernesto. También el propio Sábato perdió a un hijo cuando tenía 83 u 84 años (aproximadamente en 1.994). La madre de Sábato, por tanto, estando nuevamente embarazada de él se siente triste, afligida y sacudida por fuertes sentimientos ambivalentes ante la muerte de su otro hijo. Lo peor es que resuelve su duelo de una forma terrible, que tendría importantes consecuencias en la personalidad de Sábato: el nuevo hijo es identificado al nacer con el mismo nombre del que hacía poco había fallecido. No fue otro el hijo que nació, sino que es el hijo que murió. Sábato acusaría a su madre de aislarlo del mundo, de convertirlo en un niño solo, que vive una especie de infancia prestada, que se siente en el mundo en sustitución de otro. Tuvo una infancia difícil; Sábato sufría alucinaciones de pequeño, e incluso alteraciones en su conducta, como pincharles los ojos con alfileres a los pájaros y a los gatos (esto sale en sus novelas) y padecía sonambulismo.

En cada una de las tres novelas antes mencionadas de Sábato, en un momento dado cada protagonista se transforma en un animal. En El túnel Juan Pablo Castel se convierte en un pájaro en uno de sus sueños (capitulo XXII) – (a lo largo de El túnel solo se relatan tres sueños, todos de gran simbolismo).

Tercera.

La última pincelada de este comentario la vamos a situar propiamente en el cuadro del protagonista, el pintor Juan Pablo Castel; un cuadro que lleva por título “Maternidad”. Las referencias descriptivas a esta obra pictórica dentro de la novela de El túnel, son las siguientes:

“(…) un cuadro llamado “Maternidad”. Era este cuadro, según se describe en la obra (…) sólido y bien arquitecturado. Tenía los atributos que esos charlatanes [los críticos] encontraban siempre en mis telas, incluyendo “cierta cosa profunda e intelectual”. Pero arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba al mar (…) , como esperando algo, quizás algún llamado distante y apagado. La escena sugería, en m opinión, una soledad ansiosa y absoluta”. (capitulo III, pág.16).

Es al romper la tela que contenía la pintura, cuando cita algunos elementos que forman el resto del cuadro ( y podemos saber qué hay en él, aparte de “la ventanita”):

“(…) columnas en pedazos, estas estatuas mutiladas, estas ruinas humeantes, estas escaleras infernales!” (capitulo XXXIV, pág.118).

Los críticos consideran que es un cuadro “bien arquitecturado”, donde predomina la razón y ni siquiera ven en la esquina superior izquierda a la mujer que espera junto al mar, porque ya escapa a los límites de la razón para entrar de lleno en el arte, en lo intuitivo, en lo espiritual. Este es un rasgo importante, un trazo visible y denso en El túnel:   la dicotomía entre la intuición y la impulsividad del protagonista y, por otra parte, el pensamiento racional que guía su obsesiva y milimétrica búsqueda de pruebas, de “la verdad” acerca de la infidelidad de María. Esa es la forma que cobra la razón en esta obra. La búsqueda de la razón es una de las grandes obsesiones del autor, presente también en sus otras novelas. Sábato considera la simbología de las “altas torres” como una metáfora del conocimiento, el cual se divide en dos grandes axiomas: por un lado estaría el conocimiento científico o la razón, representado por las “altas torres”  , y por otro, el conocimiento intuitivo, representado tanto por el agua y la tierra, elementos que encontramos en El túnel embelleciendo esta novela con las poéticas descripciones que hace del mar y de la naturaleza.

Concha M. Miralles

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