UNA MUJER CON SOMBRERO. Lo que brilla por su ausencia. Gabriel Hernández (Psicoanalista)

Fijémonos detenidamente en la imagen de la chica acodada sobre la barandilla del transbordador. Calza unos zapatos de tacón alto, de lamé. Sin embargo, su figura es aún el tímido esbozo de lo que sería el cuerpo de una mujer, no es todavía lo que aquellos zapatos hacen prever. Avanzamos y después de los senos, aún de niña, reencontramos de nuevo a la mujer en la cara maquillada. Al final, lo más inesperado, lo más singular: toda la figura se corona con un sombrero de hombre. La pregunta nos parece obvia: ¿que clase de sujeto se comprende entre aquellos zapatos de mujer y este sombrero de hombre?; podríamos incluso preguntar: ¿qué clase de cuerpo?

No es un juego de niñas, no es una fantasía, no es un probarse frente al espejo de la madre para ver cómo le sienta. Es algo ya decidido. Es la forma en la que esta persona se da al otro, lo que quiere ser para el otro. Y lo saca a la calle, y lo exhibe.

Pero no son los complementos de orden femenino los que terminan de arreglar el cuerpo y hacerlo deseable. Es el sombrero (…) “bajo el sombrero de hombre, la delgadez ingrata de la silueta, ese defecto de la infancia, se convirtió en otra cosa. Dejó de ser un elemento brutal, fatal, de la naturaleza.”… “De repente, se hizo deseable”… “puesta a disposición de todas las miradas, puesta en la circulación de las ciudades, de las carreteras, del deseo”.

El sombrero no sólo tapa el defecto del cuerpo, como podría hacerlo el maquillaje, sino que le da un aire nuevo, insólito, inaudito. Sombrero y zapatos no casan, dice la protagonista. Lo curioso es que para el hombre chino que se le acerca en el trasbordador, no parece haber ningún tipo de distorsión en aquella figura. Todo lo contrario. Aquella imagen lo ha subyugado y no puede dejar de manifestarle su asombro y admiración. Y parece sincero, porque tiembla.

A partir de ese momento el relato se centra, tanto o más que en el desarrollo de una historia de amor, en la descripción de sucesivas escenas de goce. Las cosas de familia se llevan a la cama y las de la cama a la familia. De forma reiterada el relato de unas se interrumpe para dar entrada a las otras. Sin embargo no perdemos el hilo, no nos desorientamos. A pesar de estos súbitos cambios de escena y personajes en lo manifiesto del relato, hay algo a nivel latente que mantiene la continuidad del sentido, efecto de estilo en el que se reconoce la maestría del narrador.

No tardarán mucho en llevarse a la cama. Lo del barco fue un auténtico flechazo. Y digo llevarse porque no se sabría muy bien quién llevó a quién. De momento no nos contentaremos diciendo simplemente que los llevó el amor; podría haber sido incluso el sombrero

Lo cierto es que la primera vez que se exponen desnudos, el hombre chino da la espalda y llora. Es la chica del sombrero la que toma la iniciativa, la que explora el cuerpo del otro. Eso sí, lo hace con los ojos cerrados. ¿Y qué ve? Ve una piel de suntuosa dulzura, un cuerpo delgado, sin fuerza, sin músculos, imberbe, diríase estar a merced de un insulto, dolido. También el de ella lo está. Hasta aquí lo que ve la chica con los ojos cerrados es un cuerpo bastante parecido al suyo. No hay allí otra virilidad que la del sexo.

A medida que vaya avanzando la historia se irá poniendo de manifiesto la importancia de este único rasgo de virilidad. En relación a una mujer es, efectivamente, el único que este hombre puede mantener. Pero a ella le basta, es lo que busca. Ella quiere un amante, no quiere a un hombre. Nunca será capaz de decirle que lo ama, ni siquiera le pone un nombre que lo identifique como sujeto, no pasa de ser el hombre de Cholen o el amante chino.

Tampoco ella tiene un nombre para él. Bajo este anonimato y esta falta de reconocimiento se monta la escena de goce: ella es una puta y le pide que la trate como a cualquiera de las otras mujeres que lleva a su casa. La fantasía se completa con la idea de que él tiene a muchas mujeres y que sólo se dedica a eso en la vida, a hacer el amor con todas ellas. Tampoco en esta ocasión se quedará en un juego, un juego de alcoba. También se sacará a la calle y se exhibirá prestándole una consistencia que no tiene, intentando hacer de ello una historia de amor.

Lo cierto es que ni ella es una puta, por mucho que se esfuerce en mantener el equívoco sobre su conducta, ni el hombre es un conquistador. Más bien se trata de alguien que solo puede costearse la virilidad con el dinero del padre. “Dice que en París lo compró todo, sus mujeres, sus conocimientos, sus ideas… Dice que se marchó a París para estudiar en una escuela mercantil, por fin dice la verdad, que no hizo nada y que su padre le cortó los víveres, que le mandó un billete de vuelta, que se vio obligado a salir de Francia.”

Vuelto de Francia las cosas siguen igual, el padre continúa pagando las cosas del hijo, el apartamento donde se acuesta con la chiquilla del sombrero, el coche en el que la lleva y la trae, las cenas, las comidas a las que invita a toda la familia, el dinero que le da a ella para su madre. Todos ellos disfrutan de un goce a mesa puesta, sin coste alguno. Ese padre, tan lejano y olvidado que nadie parece tener en cuenta, es el que paga la cuenta. Cuando deje de hacerlo pasará por ser un aguafiestas.

Sin embargo se trata de un goce desvitalizado, que no deja hacer otra cosa. Es el único goce de cada día. También ella, al igual que el hombre chino, irá arrinconando sus otras ocupaciones y obligaciones para dedicarse a solo hacer el amor. En este sentido podríamos decir que se trata de un goce adictivo. Siempre pegado a la muerte, “hasta morir de ese amor misterioso de los amantes sin amor. De eso es de lo que se trata, de esas ganas de morir.”

Por su parte, el hombre chino se muestra incapaz de amar a una mujer en la falta de esa potencia económica del padre, de jugarse su fortuna en el intento de hacer de una mujer su mujer. Se trata de un hombre poco dado a las causas perdidas. “(…)Descubro que no tiene energía para amarme en contra de su padre, para cogerme y llevárseme. Con frecuencia llora porque no encuentra fuerzas para amar más allá del miedo.”

Ya en la imagen que muestra la chica del trasbordador podríamos ver representada la clave o el motivo sobre el que se desplegará la posterior trama amorosa. Si en lugar de quedar capturados por la imagen total, hacemos una lectura pormenorizada, lineal de la misma, podríamos decir que se trata de un texto en el que lo que empezó afirmándose con los zapatos de tacón y confirmándose con el maquillaje de la cara, resulta, en el último momento, contrariado por ese elemento final que es el sombrero de hombre. No se trata de una negación, tampoco de una contradicción. Para el hombre chino la presencia del sombrero no niega ni contradice el carácter femenino de lo ya entrevisto, al contrario, parece hacerlo brillar más aún. Se trata solamente de contrariar la norma, no de negarla, de ser, precisamente, la excepción que la confirma. La presencia final del sombrero podríamos entenderla como un hacer lo contrario de lo que en el resto del cuerpo se venía diciendo.

Este mecanismo se hará efectivo una y otra vez a lo largo de la historia. Por un lado se afirma con rotundidad que hay que mantener esa relación en secreto “la madre no debe enterarse de nada, ni los hermanos”. Eso se dice, y lo que se hace es presentarse con ese hombre ante la madre y los hermanos para hacer todos juntos una comida familiar, y tras este ponerse en evidencia, seguir negando que haya algo oculto en aquella relación.

Son amantes, sin embargo se presentan a la familia haciendo uso del formato de la comida familiar, normalmente utilizado para presentar una relación de compromiso o noviazgo.

Sucede lo mismo con el regalo que le hace a la chica el hombre chino. Podría haberle regalado cualquier joya, pero le regala un anillo de pedida que ella exhibe ante todos. “Entonces las vigilantas dejarán de hacerme observaciones. Sospecharán que no estoy prometida, pero el diamante es muy caro, nadie dudará de su autenticidad y nadie tendrá ya nada que decir debido al precio del diamante que le han regalado a la chiquilla.” De nuevo se trata de hacer uso de una norma o de una costumbre social para contrariarla, incluso para abusarla.

Pero, además, se produce un efecto talvez más inesperado. Todos, a pesar de la sospecha, callan, se vuelven cómplices de la niña, entran en su juego. Incluso los responsables del pensionado, cuya normativa de estancia incumple la chiquilla de forma reiterada. “Reincidiré. Avisarán a mi madre. Vendrá a ver a la directora del pensionado y le pedirá que por las noches me deje libre. La directora aceptó porque soy blanca y porque, para la reputación del pensionado, necesita algunas blancas entre la masa de mestizas. La directora me dejó vivir en el pensionado como en un hotel.”

Volvamos, para terminar, al escenario sobre el que se representa la obra de la putilla blanca y el hombre capaz de hacer el amor con todas las mujeres. El paso inexorable del tiempo irá deteriorando la caracterización de los personajes y desmontando la escena amorosa. La chiquilla dejará de ser una menor, el uso de los zapatos y el maquillaje se harán más conformes a la mayoría de edad, menos escandalosos, y, posiblemente, el sombrero de hombre perderá la gracia con la que lo llevó la niña y pasará a ser un elemento más bien ridículo en una mujer adulta.

Por su parte, el hombre chino tendrá que contraer el matrimonio pactado por el padre y ya no podrá dedicarse únicamente a hacer el amor con las mujeres. Se trata de un cambio de formato que la relación no podrá soportar y la llevará a la quiebra. Tampoco se pudo aprovechar la oportunidad de mantenerla sobre ese otro formato que hubiese sido posible construir de haber tenido el hombre la suficiente energía como para llevársela y amarla en contra del padre. Todo lo cual permitiría concluir que más allá de aquellas condiciones escénicas que la hicieron posible, la relación entre ambos protagonistas pierde todo su sentido y ya no les merece la pena. Más allá de la escena de goce, casi nada queda entre ellos que merezca la pena.

Gabriel Hernández García

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