Cuento de navidad. El viejo Scrooge y los brotes verdes del deseo. Gabriel Hernández

Muchos consideran a Dickens el hombre que inventó la Navidad, al menos el que la reinventó en su sentido más moderno, lo que también suele querer decir en su sentido más comercial. Pero este mérito deberíamos, en todo caso, hacérselo compartir con Sir Henry Cole, el hombre de negocios londinense que patrocinó la primera tarjeta navideña comercial en el año 1843 –el mismo año en el que Dickens escribe su Cuento de Navidad- y cuyo diseño encargó al pintor Juan Callcott Horsley. Al parecer fue la primera vez que se vislumbró la posibilidad de hacer negocio con la que ya era antigua costumbre de felicitarse las navidades mediante carta o tarjeta.

Más allá de este hecho, que podría resultar anecdótico en el conjunto de su obra, la innovadora idea que orientó la vida profesional del señor Cole fue la de eliminar la distancia entre el fabricante y el artista o diseñador, promoviendo una alianza entre ambos en aras a conseguir que el producto final fuese más del gusto del comprador. Evidentemente fue un adelantado a su época. El tiempo le dio la razón y al día de hoy lo que más se produce y consume en nuestra moderna sociedad neocapitalista es diseño. También la navidad ha pasado a ser una navidad de diseño y escaparate.

Sin embargo, y a pesar de la coincidencia en el tiempo y lugar de nacimiento, tal vez sea aún posible diferenciar entre esta moderna navidad de diseño y aquél espíritu de la navidad que se manifiesta en el cuento de Dickens; hay allí algo más que una bonita, inocente y feliz estampa navideña.

A partir del siglo XVII la celebración de la navidad sufrió, tanto en Inglaterra como en su colonia norteamericana, censura y prohibición, fundamentalmente en las zonas de influencia de la que podríamos llamar la facción más extrema de la iglesia protestante: los puritanos. Según ellos la Navidad no era una fiesta cristiana, sino pagana. Seguramente no les faltaba razón, pero también es cierto que ellos mismos, en general, eran personas poco festivas y algo desabridas. El cuento es también un alegato contra este tipo de carácter.

El viejo Scrooge odiaba la Navidad. Su función en la historia es servir de contrapunto negativo a todos aquellos valores que se intentan resaltar en la obra. Se trata de un ser egoísta, solitario y cuya relación con los demás se circunscribe al ámbito comercial; él sólo tiene trato con clientes, carece de amigos, evita las relaciones familiares y en cuanto a las amorosas su pasión por el dinero acabó por ser incompatible con su amor a las mujeres. Su novia de toda la vida terminará dejándolo porque entiende que él vive otra pasión más fuerte que la del amor por ella: la pasión por el dinero. Scrooge no puede contradecirla y se dejará abandonar.

Pero también tenía sus cosas buenas: era una persona trabajadora, ahorrativa, un buen ciudadano que pagaba puntualmente los impuestos con los que el estado sostenía las instituciones que atendían a los más necesitados, de costumbres sencillas, sobrio, austero y dedicado en cuerpo y alma a su trabajo. Scrooge también tenía su ética. Y es cierto que no tenía espíritu navideño, pero, ¿acaso no tenía espíritu?

A principios del siglo XX Max Weber escribe un ensayo sobre los orígenes del capitalismo titulado “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Es el carácter forjado por el protestantismo, y fundamentalmente por la orientación calvinista, origen de la moral puritana, lo que anima al espíritu capitalista, un carácter cuyos principios esenciales son, entre otros, el amor al trabajo, la honradez, el ahorro, un apego permitido a las cosas materiales, la pureza de costumbres y, por supuesto, nada de alcohol ni fiestas inútiles. A la luz de esta tesis podemos entender que el país líder y abanderado de la ideología capitalista haya seguido conservando restos evidentes de aquel puritanismo ya trasnochado del siglo XIX.

Se podría decir que Scrooge goza de una ética puritana y de un espíritu capitalista. Es un personaje avaro, frío y calculador que sólo vive para ganar dinero. Ello hace que esta obra haya sido habitualmente interpretada como una fábula contra la codicia. Pero también podríamos interpretarla como una fábula contra la tristeza. Scrooge es, asimismo, un personaje triste y amargado. Cuando su sobrino le desea feliz navidad, él le responde: “¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres pobre de sobra”. A lo que el sobrino cordialmente le responde: «¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tienes para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra.

Scrooge es una de esas personas que se ponen tristes en navidad. Es rico y triste. ¡Quién sabe si no hay un fondo de tristeza, disgusto y cabreo en todo espíritu capitalista!

Pero la conversación entre tío y sobrino resalta otro rasgo propio del tiempo navideño: el año acaba y es el momento de pararse y hacer balance.

Según Scrooge la navidad solo sirve para darte cuenta de que eres un año más viejo y ni una hora más rico. Y lo peor, diríamos nosotros, no es que se sea un año más viejo y ni una hora más rico, lo peor es tener que darse cuenta, caer en la cuenta, caer de las cuentas que uno se había hecho, como un resto de goce imposible de cuadrar al céntimo.

Para el sobrino la navidad es otra cosa, otra forma de afrontar lo que el paso de los años se va llevando. Es el momento “en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino.”

El sobrino es un sujeto advertido sobre ese destino común, y es con la mira puesta en ese lugar al que todos nos dirigimos, en el contexto de ese viaje hacia la muerte, donde toman su sentido esos valores navideños de generosidad, humildad, gratitud, solidaridad, reconciliación etc., que cada año vienen a renovar un vínculo social en el que la pérdida, no ya la ganancia, tiene un lugar reconocido y asumido.

Pero Scrooge está triste y enfadado porque no ha conseguido ganar, obtener un plus sobre lo que ya tenía. Como buen capitalista parece fundar su existencia en la ilusión del crecimiento sostenido.  La tarea de los espíritus navideños que lo visitan será hacerle ver lo que ha ido haciendo con su tiempo, forzarlo a que haga el balance, no ya de su dinero, sino de su vida. Le irán mostrando lo que ha perdido en el pasado, lo que se está perdiendo en el presente y lo que ya será imposible de recuperar en el futuro. Él se resiste. Intenta apagar la luz con la que el primero de los espíritus le ilumina su vida pasada. A los otros les suplica en varias ocasiones que no le sigan mostrando la verdad.

Finalmente la experiencia resulta exitosa. Scrooge recupera su capacidad de ser feliz y estar alegre simplemente por el hecho de  que sigue vivo, y una y otra vez se repite la que parecía ser enseñanza extraída de su experiencia: «Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro.

Este viejo avinagrado es al fin capaz de hacerse cargo de su tiempo, tomar las riendas de su vida y asumir la pérdida subjetiva. Sólo así puede disfrutar de la navidad.

Pero no sólo se vuelve más generoso, cordial e interesado por los demás. También es capaz de manifestar su emoción ante los encantos femeninos. El final de la historia nos regala un sabroso diálogo entre este reverdecido Scrooge y la chica que lo atiende cuando va a visitar a su sobrino. Ninguna de las frases que intercambia con ella va exenta de un rendido homenaje a su belleza: «¿Está el señor en casa, guapa?»,«¡Guapa chica, en verdad!» -se dice a sí mismo-, «¿Dónde está, cariño? », «Voy a entrar, guapa». No nos extrañaría que, tras la visita de los espíritus navideños, Scrooge no sólo haya dejado de ser un puritano sino que termine por convertirse en un viejo verde.

Finalmente lo que este personaje llega a ser capaz de celebrar en navidad es, sencillamente, que sigue vivo y que no está sólo. Tal vez sea este el espíritu navideño que el autor intentó transmitirnos.

No nos olvidamos, aunque dejaremos su debate para otra ocasión, de ese Principio de Abstinencia Total que rige a partir de entonces la vida del viejo Scrooge, a la vez que le evita volver a tener trato con fantasmas, ya que no puede dejar de recordarnos aquél otro principio de abstinencia, el freudiano, que hace a la ética y al deseo del analista.

Gabriel Hernández García (Psicoanalista)

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