LA CARTA DISIMULADA. Comentario a La carta robada, de Poe. Gabriel Hernández

Si tomamos como asunto central de este relato aquél al que hace referencia su título, la carta robada, de entrada hemos de admitir que se trata de un extraño robo: el hecho tiene lugar delante del dueño del objeto y éste es incapaz de reclamarlo, defenderlo, pedir en ese momento ayuda para recuperarlo. Por el contrario, deja que otra persona se lo lleve sin poder mover un dedo para evitarlo.

Según Lacan, otras traducciones posibles del título original podrían haber sido La Carta distraída o La Carta desviada. Incluso, y tras la lectura del relato, podríamos decir que se trata de La carta disimulada o La carta disfrazada.

Es la policía la que entiende en todo momento que la carta ha sido robada, y puesto que así lo entiende, concluye que debe estar oculta, que el ladrón le ha buscado un escondite que la mantenga fuera de la mirada del que vaya a buscarla. A partir de ese momento utilizará todos sus medios técnicos y su experiencia en la recuperación de objetos robados para encontrar, no la carta, sino el escondite donde la supone oculta. Y es allí donde no la encuentra. La carta no había sido escondida, había sido disimulada, disfrazada.

Vayamos a la escena en la que el ministro se lleva la carta. ¿Qué ve en esa escena? Ve dos cosas: primero la turbación de la reina ante la presencia del rey, después el objeto que causa esa turbación, una carta que ella ha dejado caer sobre la mesa con descuido, exponiéndola a la vista de todos para dar la impresión de que no tiene nada que ocultar; en lugar de ocultarlo, lo expone, precisamente para mejor disimular ante el rey su interés por ese objeto, lo proteje afectando indiferencia. Si el rey se diese cuenta del interés de la reina por ese objeto se preguntaría  por el deseo de la reina, pregunta impropia del matrimonio regio, ya que el único interés de la reina debería ser el de servir al rey, sostenerlo en el trono, no socavar su legitimidad, y ese interés queda en entredicho si hay otro que no sea ese. La reina sólo debe ser la parte femenina del rey.

Por su parte, lo que el ministro se atreve a mirar es ese otro objeto del interés de la reina que la desajusta de su mera función de esposa del rey. Y no sólo se atreve a mirarlo, se atreve también a apropiarse de él, no sin antes haber dejado en su lugar otra carta que, verdaderamente, no tendría interés para nadie; se lleva la que el rey no podía ver y deja otra insignificante que podría ver cualquiera. Por un lado ha prestado un gran servicio a la reina alejando la carta comprometedora. Incluso podría haber sido ésta su primera intención: salvar a la reina del apuro en el que se encontraba, luego, devolverle la carta y esperar de ella recompensa por este leal servicio. Se habría portado como un caballero. Aunque también podría habérsela entregado al rey. Se habría portado entonces como un leal servidor. ¿Y a qué puede aspirar más un súbdito que a convertirse en el hombre de confianza del rey o de la reina? Cualquiera de estas habría sido la forma más ventajosa en la que el ministro podría haberse desposeído de la carta.

En su lugar, prefiere tomar posesión de la misma e investirse del poder que le da, no la carta, sino la reina. Si se hubiese tratado de sus joyas o su dinero no la habría necesitado a ella para sacarles beneficio. Pero esa carta no va sin la reina. Teniendo esa carta tiene a la reina en su poder y cree tener el poder de la reina, y será eso lo que marque su destino funesto.

Según Dupin, el ministro era tanto un matemático como un poeta, pero era más poeta. Si hubiese podido ser mejor matemático, en ese momento habría hecho un mejor cálculo de sus intereses. En lugar de eso se deja arrastrar por la verdad, la verdad sobre la condición femenina de la reina que se vehicula en la carta. Dejarse arrastrar por la verdad es más la condición de un poeta que la de un matemático, el cual, como nos indica Dupin, se ciñe más al saber, un saber circunscrito a un determinado contexto. Un matemático es alguien que sabe hacer algo con los números, pero el registro de la verdad es otro.

Una vez que ha decidido conservar la carta, en lugar de entregarla al rey o a la reina el ministro sigue sin hacer un cálculo correcto sobre el destino final de esa posesión. Tiene dos opciones: o mostrársela al rey en el caso de que la reina no atienda sus demandas, no acepte su chantaje, o no mostrársela incluso llegado a ese punto. Si llegase a hacer lo primero, la reina ya no tendría ninguna razón para ocultar que durante un tiempo ha sido chantajeada por él, lo denunciaría ante el rey y él también sería castigado. Y si no piensa hacerlo, debería haber roto la carta para que ni la policía ni Dupin la encontrasen. De esta forma podría haber seguido presionando a la reina haciéndole creer que aún poseía la carta, pero con la seguridad de que no sería descubierto.

Este personaje, que siempre es definido como un hombre de genio, brillante y audaz, parece apocarse y ver disminuidas sus facultades desde el momento en que entra en posesión de la carta. Su incapacidad para darle cualquier otra salida más provechosa para él, es significativa. Parece haber quedado maniatado por la propia carta

En este sentido se podría decir que una carta no se puede robar, porque no pertenece a nadie en particular, ni al que la escribe, ni al que la recibe, ni al que toma posesión indebida de ella. En este último caso la carta simplemente se desvía del trayecto programado por el que la escribió o el que esperaba recibirla. Una carta describe un circuito que no termina necesariamente cuando la recibe el destinatario al que va dirigida. Cualquiera que venga después puede volver a ponerla en circulación, y la carta seguirá produciendo efectos no previstos, de tal forma que todo el que entre o haya entrado en ese circuito quedará afectado de una u otra manera por lo que allí había sido depositado.

Para Lacan la carta es el signo del deseo de una mujer, y en tanto el ministro se hace cargo de ella sufre el efecto de una cierta feminización. Será incapaz de hacer con la carta otra cosa que lo que ya vio hacer a la reina; es decir, disimularla. Utiliza la misma estrategia que ella para esconder la carta: la deja a la vista de todos. Además, tal y como hizo la reina frente al rey, simulará sentirse desinteresado y aburrido con todo cuanto le rodea.

En esta actitud, que podríamos decir de bella indiferencia, lo encuentra Dupin cuando lo visita. Él ya conocía al ministro y le sorprende encontrarlo en esa actitud que no se correspondía con su carácter de persona enérgica y siempre dispuesta a aprovecharse de todo aquello que pudiese proporcionarle algún beneficio. Había adoptado una pose que no era propia de él.

Al igual que la reina frente al rey, también el ministro frente a Dupin lleva a cabo esta especie de mascarada para ocultar su turbación ante la presencia evidente de la carta.

Lo que va a resultar trágico para el ministro va a ser, finalmente, el no haber podido desprenderse a tiempo de la carta, bien sea entregándosela a la reina, al rey o rompiéndola. Podríamos decir que ese destino aciago que Dupin le anuncia al ministro en la nota que le deja cuando recupera la carta de la reina, es el que espera a todo hombre que entra en posesión del secreto de una mujer: si decide mantenerlo en su poder, se feminiza, y, si lo denuncia, él también sufrirá el castigo. Incluso aunque ese secreto nada tenga que ver con él, sino con ese Otro que en este caso es el Rey.

Gabriel Hernández García (Psicoanalista)

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