Los tiempos de un poema: un autodescubrimiento literario

Era una adolescente de diecisiete años cuando leí por primera vez “Cinco horas con Mario”. La presión de figurar como lectura obligada en el plan de estudios del curso que entonces yo hacía, C.O.U, y de tener que estudiarlo en profundidad, porque podía entrar en el examen de las pruebas de acceso a la universidad, no impidió que esta obra me cautivase de principio a fin, desde su inicio tan poco habitual, con una esquela mortuoria, hasta su página final, después de cinco horas de conversación entre la viuda recién inaugurada y el impertérrito esposo de cuerpo presente.

Reconocí de inmediato que aquello era LITERATURA –con mayúsculas- y, al igual que ya me había ocurrido con las obras de Kafka, me llenó de una especie de ilusión y esperanza vislumbrar que  la literatura era un espacio con una reglas muy peculiares y amplias, donde piezas tan originales tenían un lugar privilegiado y propio, porque  la forma de decir podía aliarse consustancialmente con lo que se quería contar, de manera que forma y contenido se unían para componer una obra de arte en su totalidad. Hacía tiempo que yo había experimentado que la literatura era un juego de habilidades imprecisas, movido por hilos de una sabiduría que se regía por unas normas ocultas, diferentes a las de la inteligencia propiamente dicha, pero libros como aquel me demostraban, además, que el descubrimiento de esas reglas ocultas podía convertirse en un reto y en un disfrute en sí mismo.

Recuerdo que este libro me gustó, tuvo algo de especial para mí, pero acabado de leerlo también yo creía haberle puesto mi punto y final. Hasta hace unas semanas, “Cinco horas con Mario” había permanecido durante más de 32 años en ese estatus de obra que dejó un buen sabor de boca, durmiendo sin ningún contratiempo en los estantes de mi memoria literaria.

Cuando se decidió llevar esta lectura a la tertulia de “Deletreados” me alegró tener de nuevo la oportunidad de encontrarme con ella después del tiempo transcurrido. Sé, por experiencia, que ese reencuentro después de los años trae nuevos y curiosos descubrimientos, que a veces resitúan el libro en cuestión en una escala de valores muy diferente a la que de ellos se tenía. Sin embargo, el descubrimiento en esta ocasión ha sido en otro sentido.

Hará unos siete años que escribí un poema, La viuda, publicado en 2007 por la Editorial Torremozas dentro del poemario titulado “Libertad condicionada”. Escribí ese poema porque sí, porque me salió de no sé dónde y me quedé tan a gusto después de terminarlo. Eso creía yo…, pero resulta que no, que los caminos del inconsciente son muy sabios y siempre saben dónde conducen y por dónde nos llevan y nos traen, aunque nosotros lo ignoremos. Igual que los sueños, esos caminos también encuentran en la literatura fuentes llenas de agua fresca para calmar la sed de decir.

Fue al releer una escena del libro, donde Carmen alude con desconcierto a “esos pechos que no son pechos de viuda”, que se resisten a caer bajo el luto por un marido recién muerto. Reconocí de pronto, con un escalofrío que me recorrió entera, que mi poema “La viuda” salía de allí, de esa habitación, de esa escena mágica donde sentí que se mezclaba de una forma soberbia el erotismo con la muerte. Habían pasado 26 años desde que leí ese libro hasta que escribí el poema, y no tenía ni la más remota idea de que ambos estaban relacionados de algún modo.

No sé si hubiera hecho este autodescubrimiento literario –y personal- alguna vez por otros medios diferentes, de no haber sido releyendo de nuevo esta obra. Lo cierto es que, después de tantos años y vida recorrida, me ha sorprendido reconocer que lo que verdaderamente nos impresiona tiene la virtud de conservarse intacto durante el tiempo que sea necesario, hasta que encuentre el momento y la forma más adecuada de expresarse. Hasta que llegue su momento oportuno. Y esa es una de las reglas del inconsciente. Y, por lo visto, también de la literatura…

LA VIUDA

La viuda regresó sola a la casa.

Con los ojos hinchados

y el cabello en desorden

la mujer sólo quería descansar,

dormirse de sueño largo y frío.

Hasta olvidarse,

ebria de pérdida,

quebrada de dolor.

No despertarse nunca,

¿para quién?…

Su cuerpo apenas

era otra cosa que prisión.

Cerró la puerta, las ventanas,

apagó las luces.

La oscuridad era tan nueva

que apretaba en todas partes.

Pero debía acostumbrarse,

sobre todo a la habitación

con la cama que fuera de los dos.

La falda negra resbaló ligera

hasta la alfombra.

Se quitó el resto del luto:

la blusa, poco a poco.

Los zapatos rodaron como cuervos cayendo.

Las medias negras le habían marcado

una línea roja en los muslos blancos.

Sintió alivio al bajarlas con cuidado.

El sujetador -cómo estuvo-, era violeta.

Una espina de culpa se clavó en sus pechos

y provocó la erección de sus pezones.

Indeseada, inexplicable, inapropiada.

Enrojeció, aunque no fuera consciente.

El ojo de la cerradura, de pronto,

se abrió y miró a la viuda atento, 

sin parpadear siquiera.

                                                                  Concha M. Miralles

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