El Horla: una metáfora de la angustia

Guy de Maupassant, al igual que otros escritores de finales del siglo XIX, contemporáneos de Freud, tuvieron cierta relación con la psiquiatría e incluso con la locura. Maupassant se interesó por la hipnosis y no solo conoció a Charcot, sino que siguió los cursos que éste impartía en el hospital de la Salpêtrièr. Mas tarde fue su propia locura la que lo llevó a estar ingresado en un hospital psiquiátrico, dónde murió.

Es inevitable, que a algunos nos surja la fantasía de que Maupassant y Freud se conocieran.

El Horla  que es como un pequeño tratado de psicopatología,  nos habla de la angustia, de lo siniestro, de lo incognoscible, de lo real y lo imaginario y sobre todo de la locura

Hagamos pues una lectura de lo que, en este maravillo texto,  Maupassant nos dice de la angustia, introduciéndonos en el diario de un ser angustiado.

De la angustia como concepto se han ocupado la filosofía, la psiquiatría, y por supuesto el psicoanálisis y la literatura, como bien nos muestra la obra de Guy de Maupassant.

Podríamos decir que es un concepto que va más allá de la clínica y del psicoanálisis. Lo común a  todos los saberes al hablar de la angustia es que se refiere, está ubicada en el campo del ser. En el Horla vemos como, tras la angustia, pronto aparece la duda sobre la identidad ¿quién soy? ¿Quién se bebe mi agua?, ¿soy yo o es el otro?

El cuento, al estar escrito en forma de diario, nos sitúa en la escena cotidiana y más íntima del personaje. Personaje, al que el autor no pone nombre, pues El Horla es el nombre de un ser extraño. Un ser extraño que forma parte de lo cotidiano, el Horla es el nombre de la cara extraña de lo cotidiano, es decir, el nombre de lo siniestro.

¿Qué es la angustia? La angustia es una experiencia límite, radical, la mas radical posiblemente, pues, como le sucede al personaje del Horla, puede llevar a la muerte.

Si Freud, eligió el cuento “El arenero” de Hoffmann, como metáfora para explicar la angustia, Lacan eligió El Horla.

La angustia es un afecto, nos dice Lacan. La angustia es un afecto que no engaña. No es un sentimiento, pues el sentir, miente; tampoco es un síntoma. Es un afecto, un afecto que no engaña y dice una verdad.

¿Donde situar la angustia?  ¿Está dentro, está fuera? ¿Dentro de qué, de la habitación, de la casa, de él mismo? En la búsqueda del personaje para encontrar la causa de su angustia he situado tres momentos.

En un primer intento lo sitúa en los objetos del exterior: ¿Será el aire o las formas de las nubes,  o quizás el color del día? Será, concluye, cualquier cosa que le rodea, y mediante la preciosa metáfora del viento, nos traslada al poderoso mundo de lo invisible, al que pertenece la angustia.

Así en la pag.: 123 “¡Qué profundo es este misterio de lo invisible! No lo podemos sondear con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo demasiado próximo ni lo demasiado remoto.”

En la pag. 128: “¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Mire, ahí tiene el viento, que es la mayor fuerza de la naturaleza, que tira al suelo al hombre, que derriba edificios….el viento, que mata, que silba, que gime, que brama, ¿lo ha visto usted, y puede usted verlo? Y  sin embargo, existe.”

En un segundo momento, dirige su mirada hacia sí mismo, piensa que esta enfermo, que ha perdido la razón, que se ha vuelto loco, no entiende nada: pag. 124 “Estoy enfermo…mi estado es verdaderamente raro…una inquietud incomprensible…una terrible amenaza….intento leer, pero no entiendo las palabras; apenas distingo las letras…”

 En un tercer momento la búsqueda de la causa de su mal  gira hacia el exterior donde sitúa la presencia de un otro: pag. 125  “… y noto también que alguien se acerca a mi, me mira, me palpa, se sube en mi cama,….para estrangularme…enciendo una vela. Estoy solo.”

El nombre Horla, es un neologismo, no existe en francés ni en ninguna otra lengua. Hay autores que lo descomponen en Hor-la, del francés, hors: fuera,  y lá, allá, que sin dejar de ser una interpretación, es útil para hablar de la deslocalización que supone la angustia. La angustia es un estar fuera de la escena, la angustia nos desubica, nos desconecta del espacio y del tiempo y por tanto del semejante. Cuando uno está angustiado no sabe ni donde está, ni lo que sucede a su alrededor, no está para nada ni para nadie.

La angustia no es lo mismo que el miedo. El miedo es algo que se sabe, podemos decirlo, la angustia sin embargo se refiere a algo que se desconoce.

En la angustia todo el peso recae sobre el estado mismo y el objeto no puede ser nombrado. Es algo que se experimenta, es un malestar del cual en todo caso podremos saber a través de las señales que envía el cuerpo, pues sabemos, que si se le escucha, el cuerpo habla: pag. 124: “Estoy enfermo, ¡no cabe duda!.”  Dice el personaje,  “es un enervamiento febril que me atormenta el alma tanto como el cuerpo. ”

La angustia nos dirige a un objeto que no forma parte de la percepción, no se puede ver, ni tocar. El objeto que causa la angustia no lo vamos a encontrar en el mundo de los objetos perceptibles. Es la presencia  de algo extraño y amenazante.

Cuando somos capaces de hablar, de poder enlazar una representación a la angustia, ya sabemos qué es lo que nos angustia y se convierte en miedo. En el miedo el acento está puesto en el objeto y hay una acción de fuga, como  correr, hablar, matar… El miedo es un mecanismo de defensa.

Cuando el personaje,  de forma delirante, atribuye al Horla la causa de su angustia y su sufrimiento,  cuando es capaz ponerle un nombre a lo que le pasa, éste se transforma en el objeto a temer. En la pág. 145 “Él ha venido, ¿cómo se llama?…parece que me grita su nombre, el Horla…es él….¡el Horla….ha venido!. El personaje con su delirio encuentra la solución a su angustia. Sabemos que todo delirio es un intento de solución. Situando su malestar en el Horla, aparece la acción de fuga, y encerrándolo y quemándolo acabará su angustia.

Interesante también es el hecho de que el nombre de ese ser extraño se le imponga, le es gritado, le es hablado. Excelente metáfora para expresar que en realidad, mas que hablar, somos hablados, de cierta forma, somos, lo que los demás dicen de nosotros.

En cuanto al aspecto amenazante de la angustia, se trata de un presentimiento, como nos dice en la pag. 124  “Un presentimiento que es sin duda efecto de un mal todavía ignorado,…”.

La respuesta a ese presentimiento amenazante la encontramos en la pag. 129 “Esta noche he notado a alguien agazapado sobre mí y que, con la boca pegada a la mía, se me bebía la vida entre mis labios. Si, la sorbía de mi garganta, como hubiera hecho una sanguijuela.”

Lo amenazante,  pareciera ser  el deseo de ese ser extraño, su deseo de devoración.

¿Pero cuál es entonces el quid de la cuestión en relación al deseo de ese otro? ¿De qué verdad habla la angustia en relación con ese deseo?

En realidad lo que nos angustia es la pregunta ¿qué soy para el otro? ¿Qué soy para mi marido, para mi hija, para mi jefe? ¿Para qué me quiere?

Lo vemos claro en las rupturas amorosas, cuando le preguntamos al partenaire ¿qué he sido para ti? Ojo que no decimos QUIÉN he sido, sino QUÉ, qué objeto he sido para ti.

Si ya no soy ese objeto de tu deseo, entonces, ¿qué soy?.

Mari Cruz Alba

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6 pensamientos en “El Horla: una metáfora de la angustia

    • Gracias Mariana por tu comentario. Me alegro que te gustara. El otro texto no lo he leído, pero tu pregunta me anima a leerlo. Si lo has leído, y quieres enviar algún comentario lo recibiré encantada.
      Saludos

      Mari Cruz Alba

      Me gusta

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