EL HORLA: historia del hombre que se volvió loco por no creer en fantasmas, por Gabriel Hernández -Psicoanalista-

Una de las primeras cuestiones que se me plantearon tras leer este cuento fue la de responder a la pregunta sobre quién era el protagonista: ese sujeto que vive tranquila e idílicamente en su hacienda hasta que empieza a tener sensaciones y visiones extrañas, o ese otro ser que viene a perturbar su paz y al que, finalmente consigue nombrar como El Horla. Elegí a este último como protagonista de mi lectura. Y lo hice así porque parece que todo el misterio de este relato se centra precisamente en torno a él; quién es, de qué está hecho, qué quiere, de dónde viene, etc. Son las mismas cuestiones que se plantea ese otro personaje que sufre la presencia agobiante del Horla. La cuestión estaría en saber a quién se plantean y de dónde surgen las respuestas.

El Horla se escribe entre 1886 y 1887. Estamos en el siglo que podríamos llamar de la literatura fantástica. Ese mismo año -1886- aparecen el Doctor Jekyll y Mr Hyde;  los hermanos Grimm repoblaban los bosques de duendes, gnomos, hadas y brujas, Mary Shelley daba vida a Frankenstein, los vampiros remontaban el vuelo a partir de novelas como “Varney el Vampiro”  y “Drácula”,  y la doctrina del espiritismo, surgida en Francia a mediados de siglo, daba un nuevo impulso literario a las historias de fantasmas. La lista podría hacerse mucho más extensa.

Pero, a la vez, es también el tiempo en el que los médicos psiquiatras más importantes descubren territorios inexplorados del psiquismo humano mediante la hipnosis.  Charcot, Berheim, y el propio Freud, quedan fascinados ante esos otros estados de conciencia o de inconsciencia, esos diferentes estratos del psiquismo sobre los cuales, si bien la hipnosis no explica demasiado, si servirá para poner de manifiesto que en la constitución del sujeto hay muchas cosas por explicar. Podríamos decir que El Horla surge en esa encrucijada entre un mundo de leyenda poblado de personajes fantásticos, y ese otro mundo que el campo de la psiquiatría abre con la llave de la sugestión hipnótica sobre los estratos más profundos del psiquismo; de hecho, el recorrido de este personaje va a ser un alternativo deambular entre uno y otro ámbito en busca de unas respuestas que no encontrará allí.

Cuál es la naturaleza del Horla

 Un primer acercamiento a esta cuestión se podría hacer desde el formato literario en el que finalmente será escrito.

El texto sobre El Horla va a adoptar, finalmente, la forma de un diario. Un diario es una forma de escritura que, en principio, excluye a otro lector que no sea el propio escritor. No se escribe para que lo lea cualquiera. Se escribe para sí mismo, para ir depositando secretos que en ese momento se quieren mantener guardados; es decir, cosas que, al menos de momento, no se quiere o no se pueden compartir.

Pero este cuento no fue en principio pensado bajo este formato. Al parecer, Maupassant  hizo tres versiones de El Horla. La primera de ellas toma la forma de una carta del protagonista a su médico. La segunda versión se publicaría varios meses después, esta vez en forma de relato en tercera persona, contado por el médico que atiende al protagonista. La tercera, que es la versión definitiva, es la que toma la forma de un diario. Podríamos decir que en esta serie de formatos literarios lo que se va perdiendo es al interlocutor. En la forma inicial, la carta, el interlocutor está claramente definido, mientras que en la forma final, la del diario, ya no podemos precisar a quién se dirige. Se trata de la forma más cerrada e intimista, más personal, la que menos vínculo hace con el otro.

Desde este punto de vista podríamos decir que El Horla es, antes que nada, una experiencia personal.

Cómo va surgiendo el Horla, cómo se va conformando, cual es el proceso de su alumbramiento.

Vamos a seguirle los pasos a este hombre que no va sin el Horla a cuestas. Lo primero que intentará será alejarse de la casa donde le están pasando todas estas cosas. Hará dos salidas, y lo interesante es que estas excursiones lo llevan a esos dos lugares que mencionábamos antes.

En la primera de ellas, la excursión al monte Saint Michel,  habla con un monje. “El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas”, entre ellas la del viejo pastor que caminaba por la playa cubierto con una capa y delante del cual iban un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer.

—“¿Cree usted en eso?—pregunté al monje.

—No sé—me contestó.”

La segunda salida será a París, donde asistirá a la experiencia hipnótica de su prima realizada por un médico.

Estudiará, asimismo, el tratado de Hermann Herestauss sobre todos los seres invisibles que han sido soñados por los hombres. Y concluye: “Pero ninguno de ellos se parece al que me domina”.

El personaje no puede enganchar su experiencia con el Horla a ninguno de estos discursos. Llegará un momento en el que ya no podrá abandonar la casa para hallar una explicación en su entorno discursivo. A partir de aquí podríamos fijar un nuevo sentido a su búsqueda. En la medida en la que no pueda estar dirigida por un “fuera de aquí” se pasará a un “fuera de sí” –recordemos que la primera parte de este neologismo es asemejada por Lacan a la palabra francesa “hors”, fuera.

Una de las experiencia iniciales de este “fuera de sí”  es aquella en la que siente  “la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo… ¿de qué?… Hasta ahora nunca sentía temor por nada… abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho… escucho… ¿qué?…”

Lo único que puede decir en este momento sobre lo que le está pasando es que le está pasando algo; no sabe nada más.

Poco después, durante un paseo por el bosque, creerá sentir que alguien lo sigue, pero el sendero estaba “pavorosamente vacío”. Esa extraña presencia estaba aún demasiado cerca como para poder ser vislumbrada.

El siguiente paso es sentir que alguien se inclina sobre él, pone su boca en la suya y le bebe la vida. El Horla ya está fuera, fuera de sí, pero aún demasiado cerca, pegado a él.

Por fin conseguirá alejarlo lo suficiente de sí como para poder nombrarlo, incluso para poder verlo en el espejo.

 Una de las posibles lecturas de este texto podría llevarnos a considerarlo como el relato del proceso que va desde la aparición del fenómeno elemental hasta la construcción del delirio; desde aquella interrogante sin pregunta en la que se enmarca el pavoroso vacío, hasta el sentido pleno de todas las respuestas por fin halladas por este sujeto sobre el Horla.

                                                                       Gabriel Hernández García -psicoanalista-

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