Los delirios de Guy de Maupassant

Los delirios de Guy de Maupassant

El apasionado interés de Guy de Maupassant por el tema de la locura es recurrente en su obra literaria. Aparece en novelas como Mont-Oriol, Une vie…, en relatos, cuentos, artículos, prólogos de libros… El autor de Fort comme la mort  había puesto en escena el delirio, el manicomio, la demencia, la alucinación, las ilusiones de los sentidos. Algunos títulos son reveladores por sí mismos: Fou? Un fou, Un fou?, La Folle, Lettre d’un fou… El más celebre de sus relatos, y el más emblemático a este respecto, es sin duda le Horla, historia de una misteriosa epidemia de locura llegada de Brasil bajo la forma de un personaje invisible que se apodera de sus víctimas. En el momento de su publicación en volumen, en 1887, el riesgo de una asociación entre el estado mental del narrador y la salud del autor no había escapado incluso al mismo Maupassant: « He enviado hoy a París el manuscrito de Le Horla, diría a François; antes de ocho días comprobará usted que todos los periódicos publicarán que estoy loco. Que digan lo que quieran, pues yo estoy sano de espíritu, y sabía muy bien lo que hacía escribiendo ese relato.»

En el certificado, hoy inédito, firmando por el doctor Meuriot, quien atendió a Guy de Maupassant en el hospital de Lamballe, donde finalmente moriría, se lee que éste sufre de «delirio semi-hipocondríaco y semiorgulloso ». Entre los delirios que describe destacan:

  • «Dice que Dios ha proclamado desde lo alto de la Torre Eiffel que él es el hijo de Dios y de Jesucristo, acusa a su asistente de haberle robado 70000 francos, luego 4 millones, luego seis millones. Habla con los difuntos, pues según él no están muertos.
  • Mantiene conversaciones con Flaubert, con su hermano que se lamenta de estar en una tumba muy estrecha. Dice ver a distancia paisajes de Suecia, de Rusia, de África, etc.
  • Pretende también hablar a distancia con su madre y sus amigos, haciéndose responsable de la autoría de un artículo del Figaro que ha sido la causa de una nueva guerra con Alemania que ha costado 400 millones a Francia
  • Se dice perseguido por el populacho de Paris que quiere matarlo por haber quemado su casa, y a causa del olor a sal que él cree emanar,
  • Se considera la víctima de sus enemigos que le han enviado, mediante un método nuevo al que llama la medicina viajera, la sífilis y el cólera, cree que está agónico, que sus alimentos pasan por sus pulmones y tiene dificultades para alimentarse.20
  • En el desorden de su delirio, se encuentran todas las obsesiones de Maupassant: la torre Eiffel21 a la que odiaba – y que tenía, para su desgracia, a la vista tras los jardines del hospital de Lamballe… -, la guerra de 1870, la sal a la que culpa de reblandecer su cerebro, la visión a distancia y los fenómenos telepáticos… El escritor cita sobre todo a tres personas vitales en su entorno próximo: Flaubert, su madre y su hermano Hervé.

En los primeros meses de internamiento del escritor en la clínica Blanche habrían visto aflorar los delirios más variados:

–       Maupassant dice haber visto unos insectos « que arrojan morfina a grandes distancias », afirma que los muertos hablan y que su casa es la más hermosa de todo París.

–        Se asusta de lo que se quiere hacerle probar: « El vino blanco es de barniz; el Saint-Julien es de agua salada. Entonces ¿qué beber? » Durante el día pasa la mayor parte del tiempo contra el muro escuchando las respuestas que parecen hacerle.

–       El dinero y la religión cristalizan la mayoría de sus angustias. Justifica a su hermano por colocar su fortuna en Panamá, asegura que su pensión en Passy está pagada por los Rothschild, sostiene que se le ha robado el dinero destinado a su viaje al cielo y reclama un sacerdote para confesarse: « Si no me confieso, dice, iré al infierno. François ha escrito a Dios una carta para acusarme de haber enculado a una gallina, una cabra, etc.».

–       En Passy, Maupassant se preocupa siempre de los muertos y declara « haber escrito al Papa Léon XIII para aconsejarle la construcción de tumbas lujosas donde el agua alternativamente fría y caliente lavaría y conservaría los cuerpos. Una pequeña ventana instalada en lo alto de los mausoleos permitiría conversar con los difuntos»

–        Todos los católicos tienen unos estómagos artificiales» Es en esta época cuando dice poseer « 1200 huevos guardados en la bodega del Doctor Meuriot », presentando una anorexia casi total. El 11 de febrero, se niega a comer categóricamente. El 18, los médicos se ven obligados a alimentarle mediante una sonda esofágica.

–       En el mes de marzo, habla de viajes en globo, de locomotoras, de New York donde habría nacido el primer Maupassant.

–       El Doctor Meuriot anota en el registro: « alucinaciones continuas, se niega a orinar, diciendo que su orina está hecha de diamantes». Cree también tener « una bola de cólera en el vientre » y espera ser operado a fin de retirarle esa enorme bola de metal instalada en sus entrañas.

–       Su estado mental ruinoso se acompaña de un comportamiento cada vez más violento. Durante un acceso de ira, habría lanzado una bola de billar a la cabeza de otro enfermo. En su verborrea inagotable, lanza invectivas a todo el mundo comenzando por el doctor Blanche: «El Director pederasta de la casa me ha destruido el cerebro con su sonda urinaria.

Laure de Maupassant, madre de Guy de Maupassant, que no irá nunca a visitar a su hijo al hospital, solicita la opinión de otro médico: Jean Martin Charcot. Este dejará su informe, sobre un papel con el membrete de la clínica Blanche: « A instancias de su madre, acabo de examinar al señor Guy de Maupassant. El estado físico no deja nada que desear. Por desgracia no está igual en lo relativo a su estado mental. El delirio es incesante, acosado por alucinaciones de todo tipo. Resulta una absoluta necesidad, en el momento presente, mantener al enfermo en las condiciones de instalación y tratamiento en las que se encuentra. No sería cuestión, sin peligro, de hacerle vivir, actualmente, en otra parte que no fuese una residencia de salud especial. No veo en este momento nada que cambiar o añadir al tratamiento seguido.»

El caso de Guy de Maupassant, en 1892, sobrepasa los conocimientos del saber de la época: la medicina no podía hacer nada más por él que proporcionarle un final de su vida decente.

Por orden de Laure de Maupassant, ninguna mujer había sido autorizada apenetrar en el recinto del hospital de Lamballe. Maupassant temía más que otra cosa sucumbir a la locura y había hecho prometer a una mujer que le proporcionase veneno si llegaba a internarse en una casa de salud.

El 6 de julio de 1893, el Doctor Blanche toma la pluma para escribir enel registro: « Fallecido a las doce menos cuarto de la mañana después de unas convulsiones en el curso de una parálisis general » Guy de Maupassant « se apagó como una lámpara a la que le falta el aceite », murmurando estas últimas palabras: «¡Las tinieblas, oh! Las tinieblas ». Habría cumplido cuarenta y tres años el mes siguiente.

Las exequias de Maupassant, inhumado en el cementerio Montparnasse después de una misa en Saint-Pierre de Cahillot, tuvieron lugar el 8 de julio. Zola, Ollendorff, Jacob, su abogado, y Louis Fanton d’Andon, hermano de la viuda de Hervé sujetan las cuerdas de la polea. Su madre, en Nice, se hace representar por Marie May, su dama de compañía.

Laure de Maupassant fue la gran ausente de esos dieciocho meses de agonía. Aunque toma las decisiones importantes (es ella quien prohíbe o autoriza las visitas, pide consulta a Charcot, se escribe con Blanche…), está lejos de su hijo. Separada de su marido cuando Maupassant era apenas un adolescente, había sido la educadora y la confidente de Guy. Es ella quién le orienta hacia Flaubert y le alienta a escribir. Maupassant que, siendo niño, había tomado partido contra un padre voluble e inconsecuente, le prodigaba un afecto sincero mezclado con una secreta admiración. Él tenía también la frialdad de la que ella era capaz, si se creen las profecías contenidas en Madame Hermet, historia de una mujer que se niega, a pesar de las recomendaciones de los médicos, a ver a su hijo morir de sífilis. A la muerte del niño, Madame Hermet se vuelve loca. No sería ése el caso de Laure, fallecida en su domicilio en 1904, a los ochenta y tres años.

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