EL HORLA, de Maupassant. Un cuento a ritmo de rock progresivo. Concha M. Miralles

“8 de mayo. ¡Qué día tan espléndido” El Horla comienza en un tono apacible y relajado; demasiado, tal vez para lo que sigue a continuación… Si habláramos en términos musicales es como si se asemejara a esos contrastes rítmicos, que alternan versos sutiles con estribillos estridentes y distorsionados de un subgénero del rock, el rock progresivo, que tuvo su apogeo en los años ochenta con bandas como Pink Floyd o Jethro Tull, o incluso de otras más actuales como Dream Theater. Algo parecido, extrapolado de la música a la literatura, ocurre aquí,  por esa peculiar progresión en el ritmo del relato, que va de lo más suave y sosegado a lo más tenso y agitado. Y este símil de estructura compositiva musical se puede pensar tanto en los aspectos más estéticos como en el fondo argumental del cuento: hay en él una dolorosa convivencia entre la razón y la locura, entre el sentido y el sinsentido; momentos que se van alternando, marcando una creciente tensión y angustia.

Hay momentos, sobre todo en las primeras páginas, en los que el protagonista está libre del dominio de ese ser invisible y fantasmal, ese espectro, el Horla, que le roba la voluntad y el deseo y quiere arrebatarle la vida, y en esos momentos, que siempre ocurren en ambientes alejados de la casa, se respira paz; hay armonía, belleza, esperanza… Pero a medida que el relato se centra en lo que ocurre dentro de la mansión, en la habitación y en el propio cuerpo del protagonista, dominan el texto la tensión, el terror y la angustia y ya no hay un aliento de tranquilidad en sus páginas.

Por otra parte, hay un juego de espejos que se puede seguir a lo largo del cuento, pero es un juego de espejos con una peculiaridad que no es la lógica en estos objetos ya de por sí misteriosos, porque los que aparecen en este relato no son espejos normales, capaces de reflejar con su imagen la realidad que hay delante; por el contrario, hay una subversión a las leyes físicas que rigen su funcionamiento. Los espejos que aparecen en El Horla están investidos de extraños poderes y ninguno actúa como debería: el primero aparece en la escena de la hipnosis que ocurre en casa de la Sra. Sablé, prima del protagonista. El hipnotizador hace creer a ésta que una tarjeta de visita es un espejo, y sosteniéndola en su mano ella describe a la perfección a quién ve en él: a su primo, y los movimientos que éste hace. En el segundo espejo –este sí, un espejo real- que está en el armario de luna de su habitación, ocurre uno de las escenas más inquietantes de la historia: a pesar de estar frente a él no puede verse reflejado. En el primer caso no debería verse, y se ve; en el segundo, debería verse y no se ve. Pero, sin embargo, el protagonista grita: ¡lo he visto! En la ausencia de su propia imagen cree estar viendo la del Horla. La imagen representada, o no, por un motivo u otro siempre está alterada en El Horla.

Y al hilo de este juego de imágenes, representaciones y realidades lo que está ocurriendo es que un ser sobrenatural y diabólico quiere arrebatarle el ser, poseerlo y dominarlo, suplantarlo en su identidad (¿convertirse en él?), mientras que el protagonista lucha inútil y angustiosamente por evitar que esto suceda y alejarse de su influencia maléfica. Quiere mantenerse del lado de una realidad y cordura que en cada página son más cuestionables. La imagen del otro lado del espejo pretende convertirse en la real, mientras que la persona real lucha para que no llegue ese momento, para no ser atrapado y pasar al otro lado de la realidad, al otro lado del espejo, al terreno de la locura. Si lo pensamos desde esta perspectiva, todo el relato refleja esa transferencia vampírica. El protagonista –la víctima- pierde poco a poco la salud, la tranquilidad, el sueño; se ve privado de razón y libertad…La integridad psíquica del yo se diluye en la locura, mientras que el Horla se va haciendo más fuerte, se enseñorea entre sus cosas y cobra mayor presencia y dominio sobre su víctima. Incluso, es llamativo que, mientras que no se sabe quién es el protagonista, en un momento dado el ser invisible “pronuncia” su nombre, el máximo exponente de una identidad; es a partir de ahí cuando podemos llamarlo El Horla.

¿Cómo podemos saber que el Horla no es producto del delirio del protagonista, fruto de su locura, que no es él mismo su propio enemigo, el que se bebe el agua y la leche por las noches y quiere arrebatarse su propia alma en una furia autodestructiva? Las últimas palabras del relato son reveladoras en éste sentido: si no ha podido matarlo prendiéndole fuego a la casa, tendrá que matarse él… ¿No será que, después de tan trágico desenlace de sucesos, sólo queda por reconocer que el Horla está dentro de sí mismo, y que los dos, víctima y verdugo, instinto de vida y de muerte, son las dos caras de una misma moneda?

                                                                 Concha M. Miralles (Psicóloga y escritora)

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