Acerca de las veinticuatro horas del deseo de una mujer, por Maricruz Alba

La elección de la novela “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig para la inauguración de las tertulias de Literatura y Psicoanálisis Deletreados atiende a varios aspectos de interés. Por un lado por ser una joya literaria, por otro por su vinculación con la obra psicoanalítica y por la relación que hubo entre Zweig y Freud.

Zweig tenía una profunda afinidad con el movimiento analítico y tuvo una relación casi familiar con Freud, tanto en Viena como durante el exilio de ambos en Londres, donde coincidieron durante el último año de vida de Freud. Fue en Londres, cuando Zweig llevó de visita a Salvador Dalí a la casa de Freud, momento en que Dalí pintó el ya famoso retrato de Freud[1], retrato que nunca vio, porque Zweig  lo impidió, pues pensaba que Dalí había reflejado la muerte en él.

Zweig y Freud mantuvieron un intercambio epistolar durante 31 años, del que se han publicado 77 cartas[2], que constituyen un valioso material para conocer a los autores más allá de sus estudios y sus publicaciones y,  por supuesto, la relación que entre ambos existió.

En las cartas, Zweig le manifiesta a Freud en repetidas ocasiones la admiración y el afecto que sentía por él, y por su descubrimiento del psicoanálisis. Hay una anécdota que puede servir de botón de muestra: cuando Freud acababa de recibir el premio Goethe,  Zweig le escribe para felicitarlo por tan merecido premio y  aprovecha para manifestarle abiertamente su intención de influir decididamente en la lucha  para que también le concedieran el premio Nobel, premio que Freud, no es que despreciara, pero si al que restaba importancia por ser ya un deseo abandonado.

Por su parte Freud, si bien en ocasiones elogiaba algunas de las obras de Zweig, calificándolas incluso de obras maestras,  al respecto de otras Freud era muy crítico, llegando incluso a mostrarse enfadado, sobre todo con aquellas en las que habían referencias a su obra o a su persona. En cuanto a la relación de amistad, Freud se  mostraba casi siempre cordial, algunas veces afectivo, pero siempre con cierta distancia.

Cuando Zweig publica por primera vez la novela “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, Freud la lee inmediatamente  y le escribe el 4/9/1926, elogiándola de obra maestra de alto nivel de un creador de primera categoría, y haciendo una interpretación psicoanalítica de la historia allí contada. Para ello Freud toma dos datos: por un lado el hecho de que los amantes de ambas mujeres maduras sean hombres jóvenes y con cara femenina. Por otro que la protagonista esté tan dispuesta al sacrificio por “salvar” al  joven en peligro de muerte. Tras este sacrificio Freud descubre con facilidad la libido incestuosa. Una mujer viuda, que ha guardado fidelidad a  la memoria “de su marido, rechazando en su vida el erotismo y la sexualidad  no escapa, como madre, a una transferencia erótica inconsciente sobre la persona del hijo”. Punto este de máximo dramatismo en la obra. Allí donde la protagonista se pensaba madre surge la mujer para su máxima confusión, confusión que solo veinte años después puede transformarse en saber.

Zweig es considerado  el maestro de la novela psicológica.  “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, nos cuenta la historia de dos mujeres corrientes, con una vida familiar y acomodada que en un momento dado se encuentran en manos de impulsos desconocidos que escapan al sentido común y a la moral convenida, impulsos  que  van más allá de  sus voluntades.

Con ello Zweig  nos muestra de una manera genial  algo de lo  paradójico y cotidiano de la naturaleza humana,  pues ¿cuántas veces no nos hallamos enfrentados en nuestra vida cotidiana con sentimientos y  pensamientos que  decimos no querer tener y no por ello desaparecen o, incluso, que nos resultan ajenos y extraños a nosotros mismos?  ¿Quién no se ha visto avocado a repetir lo que una tras otra vez se ha propuesto dejar de hacer o, por el contrario, impedidos para hacer aquello que repetidas veces decimos que deseamos sin que podamos dar un paso para conseguirlo?

A lo largo del texto, Zweig, en varias ocasiones, nos presenta a la protagonista “flirteando insconscientemente con el desconocido” (pag. 8)[3], o en la página 43 [4]Me sentí arrebatada. ¡Tenía que seguirle! Y, ajenos a mi voluntad, mis pies echaron a andar. Obraba así inconscientemente, movida por una fuerza superior a mí misma y, echando corredor adelante, me dirigí a la salida”

¿Qué es entonces lo inconsciente? Evidentemente, en todo caso,  apunta a algo enigmático para el propio sujeto, pero que  sin embargo al mismo tiempo  es lo más íntimo, lo más singular, y que posee una fuerza, una fuerza con tanto empuje que se escapa a la voluntad, y a la razón, es decir al yo creyente de ser el  dueño de su vida.

Mientras que para Freud el inconsciente son pensamientos que no pensamos, que no sabemos, pero que determinan nuestra vida, Lacan aporta el concepto de inconsciente como un agujero. En psicoanálisis se trata de un saber hacer con el inconsciente, con ese agujero.

El yo, ante tal desconocimiento y la fuerza de tales impulsos arrebatadores,  hace lo que puede, defenderse. ¿De qué se defiende? El narrador nos lo dice en la pag. 14[5] ”Tanta resistencia a reconocer el hecho evidente de que una mujer, en ciertas horas de su vida, pese a su voluntad y a la conciencia de su deber, se encuentra indefensa ante el poder de fuerzas misteriosas, revelaba miedo del propio instinto, miedo del fondo demoníaco de nuestra naturaleza.” Así la protagonista se defiende justificando su arrebato con causas justas e intenciones altruistas, intentando salvar al joven de la perdición del juego y de la muerte. Mecanismo  de defensa  que deja de hacer su función ante el acontecimiento contingente de la repetición de una historia parecida, que hace serie con la suya y tiene el efecto de cambiar el sentido de su historia para ella misma a modo de revelación.

¿Qué la anima a contar la historia que había vivido 20 años atrás y que hasta ese momento no había contado a nadie?  La fuga de Madame Henriette, es el hecho desencadenante, pero no es baladí  la opinión del narrador al que la protagonista interpela directamente: “¿Usted cree, que una mujer, cualquiera que sea, puede lanzarse inocentemente a una aventura; que hay acciones que una mujer juzgaría imposibles una hora antes de cometerlas y de las cuales no cabe hacerla responsable? Lo creo firmemente, señora. “ (pag 16) [6].

Podemos pensar que el hecho mismo de la fuga de Madame Henriette, sin duda tiene un efecto provocador, despierta la imaginación hacia la aventura, hacia experiencias placenteras y goces libidinales, provocación ante la cual la protagonista no puede resistirse a rememorar  “aquellas 24 horas que fueron más excitantes que cualquier juego y turbaron por muchos años mi existencia.” (pag 28)[7].

Pareciera que lo que la anima a contárselo al narrador  es la defensa que éste hace de la huida de Madame Henriette, pero sobre todo, a mi parecer, porque ella capta algo en él, capta que él ha entendido algo de ese arrebato, de esa excitación irresistible, placentera y angustiante a la vez.

Es significativo que la protagonista, la mujer que cuenta la historia de su enamoramiento repentino no tiene nombre, es nombrada Mrs. (Sra) C. Con esto el autor nos habla de una mujer, de la mujer C, C de Cualquier mujer.

Freud se preguntó ¿qué quiere LA mujer? y Lacan formuló la pregunta ¿Qué quiere UNA mujer? Esto apunta a que no hay un conjunto cerrado de todas las mujeres, una identidad propiamente femenina.

Quizás sería interesante que el discurso feminista diera un giro y apuntara a preservar la diferencia, el deseo y el efecto de las palabras frente a la universalización de lo cuantificable, pues si algo está del lado de lo singular quizás sean las mujeres. Es familiar y cotidiano que la mujer es un enigma, incluso para sí misma.

Se trataría entonces de encontrar el modo de lograr construirse a sí misma inventándose un ser: Si como define Lacan, el inconsciente es un agujero, pues con un agujero se pueden hacer muchas cosas. Se puede inventar algo, como la literatura.

   Murcia, 27 de abril de 2012


[2] Zweig, Stefan. Correspondencia con Sigmun Freud, Rainer María Rilke y Arthur Schnitzler. Paidós Testimonios. 2004

[3]  Zweig, Stefan. “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”. Acantilado. 2001

[4] Zweig Stefan. Ibídem.

[5] Zweig, Stefan, ibídem.

[6] Zweig, Stefan, ibídem.

[7] Zweig, Stefan, ibídem.

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