Veinticuatro horas en la vida de una mujer: historia de una hipnosis amorosa, por Gabriel Hernández García

¿Puede una mujer respetable, casada y con dos hijos, abandonarlo todo en un súbito arrebato de pasión para seguir a un desconocido veinticuatro horas después de haberlo visto por primera vez?

Este será el tema de un acalorado debate surgido entre un grupo de veraneantes que comparten mesa y tertulia en un pequeño hotel de la Riviera. Solamente uno de ellos parece estar a favor de esta posibilidad, que defenderá obstinadamente frente a sus opositores, un matrimonio italiano y otro alemán, los cuales sostienen que sólo una cocotte sería capaz de algo semejante.

La polémica dará pie para que una de las contertulias, la anciana y distinguida Mrs.C. escoja al defensor de aquel tipo de comportamiento -que, como él mismo dice, ni juzga ni condena-, como confidente de una historia nunca relatada anteriormente, sucedida hacía 25 años. Fue entonces cuando ella vivió sus particulares veinticuatro horas de pasión, dos años después de la muerte de su marido.

Y lo que cuenta en primer lugar Mrs. C. es que no fue un rostro o una figura atractiva, una conversación brillante o alguna otra cualidad personal sobresaliente, lo que propició aquél amor a primera vista; fueron unas manos, unas manos que hacían pareja compartiendo desesperación ante el caprichoso recorrido de una bolita danzante sobre las casillas de una ruleta. Mrs. C. hará a su confidente una extensa descripción de aquéllas manos cuya primera visión la sobresaltó. Nunca había visto manos como aquellas, tan bellas, elocuentes y apasionadas, y cuando, por fin, consigue subir la mirada hasta el rostro de su dueño, lo que ve allí es un fiel reflejo de lo que ya las manos habían anticipado. La pasión se mostraba impúdicamente en el rostro de aquél joven, al que ella calculaba unos veinticuatro años, y cuyas “pupilas de poseso… semejaban inanimadas bolas de vidrio en las cuales se reflejaba el brillo de aquella otra, de color caoba, que locamente rodaba y saltaba entre las casillas de la ruleta”.

Lo que ve Mrs C cuando mira a los ojos del joven es la bolita de la ruleta, lo que ella ve en aquellos ojos es lo que aquellos ojos estaban viendo. Podríamos decir que lo que ve reflejado en aquellas pupilas es el objeto de la pasión del joven, un objeto cuyo recorrido incierto e imposible de predecir es precisamente lo que hace que esas manos se impacienten mientras esperan ver dónde parará la bolita.

Podríamos establecer una primera serie, la serie de las miradas. En primer lugar circula la bolita del casino, luego está el jugador que la sigue con la mirada y luego, por último,  Mrs C. fijada a la mirada del jugador.

A partir de ese momento todo se difumina a su alrededor y la visión del joven centra completamente su atención. “Si alguien me hubiese observado entonces, hubiera tomado mi inmovilidad de acero por un caso de hipnosis”. No será la única vez que la protagonista intente explicar aquella atracción como un caso de enamoramiento hipnótico, en cuyo trance la hizo caer no ya la visión de las manos sino, inmediatamente antes, “un extraño ruido, como un crujido de articulaciones que se rompen. Me quedé estupefacta”. Parecía ser la señal, el chasquido, la voz de mando mediante la que el hipnotizador se hace cargo de la voluntad del hipnotizado. Mientras tanto el joven jugador se mantenía al margen de todo este proceso. Ni se había percatado de la presencia de aquella señora. La misma atracción que él, sin saberlo, estaba ejerciendo sobre ella, la ejercía sobre él la bolita de la ruleta, de la que no separaba la vista ni por un momento.

Cuando el joven abandona el salón de juego, ya completamente arruinado, ella no puede evitar irse tras él. Pero el joven detiene bruscamente su marcha. Su vida parecía no tener más sentido que el indicado por aquella ruleta que ya no podía seguir haciendo girar. Mrs. C. lo vio desplomarse sobre un banco como un muñeco de trapo y temió lo peor. En ese momento, olvidando que ese no era su lugar, toma el mando. Intentará pilotar el deseo del joven. Quiere ayudarlo, reanimarlo, y sin mediar ningún tipo de presentación, tira de él hasta ponerlo a cobijo de la lluvia. Lo lleva a un hotel y le ofrece dinero para pagarlo. En el momento de despedirse, él la coge del brazo. La había tomado por una cocotte y ella no se decide a sacarlo de su error.

Lo único que Mrs. C. quería era salvar a aquel joven de su destructiva inclinación por el juego.  Sin embargo las cosas van más allá. Su fantasía hará que esa buena intención vaya tomando un sentido imprevisto, pero al que ella se pliega dócilmente. Ya no se trata solo de que el joven abandone su pasión, sino de que la redireccione en el sentido de su  “salvadora”, y pase a ser la suya, y no la de la saltarina bolita del casino, la imagen que se refleje en sus pupilas. En la medida en la que cree estar alejándolo de la ruleta, más dispuesta se siente a ocupar esa vacante, a ser el nuevo objeto de su pasión, un cambio que, sin embargo, el jugador terminará rechazando para volver al casino y a ese otro amor del que Mrs. C. no podrá despegarlo.

Alguien debería haberle advertido a Mrs. C., parafraseando el título de aquel instructivo cuento: “No olvide que usted va detrás”; es decir, que no es usted quien comanda el deseo de ese joven, sino ese objeto casi insignificante, esa bolita caprichosa y juguetona, respecto a la cual usted siempre irá rezagada.

Aunque a veces piense que va delante, sólo al final de la historia Mrs. C. caerá en la cuenta de que durante sus veinticuatro horas de trance amoroso siempre fue detrás, enganchada a esa pasión que había visto reflejada tanto en las manos como en las pupilas del jugador.

La escena final rememora la del principio, el jugador dominado por el loco frenesí de las apuestas y, detrás, la señora que lo observa sin hacer notar su presencia. El joven había vuelto al casino y en ese momento hacía sus apuestas siguiendo él mismo a otro, repitiendo las jugadas de otro jugador, un viejo conde ruso al que le suponía el saber sobre algún tipo de combinación ganadora. Ahora era el conde ruso el que miraba a la bolita y el joven jugador el que miraba al conde. Pero de esta nueva serie pasional Mrs C había quedado completamente descolgada. Había pasado de verse como el objeto más amado a sentirse como el más despreciado, rechazada como si fuese una prostituta, y era ella la que ahora salía del casino con el amor completamente arruinado para sentarse en el mismo banco en el que la noche anterior se había desplomado el joven jugador después de haberlo perdido todo.

La circularidad que nos muestra esta historia de amor, podría hacernos pensar precisamente en la ruleta, en la ruleta del amor, a pesar de que la historia también nos ofrece argumentos para pensar que el amor no está gobernado únicamente por el factor azar.

La historia, como digo, también nos da indicios de que ese hallazgo, ese encontronazo que tuvo Mrs C con el objeto de su pasión, no estuvo regido sólo por la casualidad. Ese encuentro no fue totalmente nuevo ni completamente azaroso. Hubo allí también algo que tuvo que ver con un reencuentro.

En primer lugar es el recuerdo de su marido, muerto hacía dos años, lo que la lleva al casino donde encontrará al jugador. A él también le gustaba frecuentar las salas de juego. Pero, además, era un apasionado de la quiromancia. Fue precisamente en un casino donde él le enseñó aquel modo especial de mirar que consistía en no fijar la mirada en los rostros, sino en las manos, en su forma de moverse, en su actitud y disposición, un método mediante el cual, según él, podía adivinarse con la mayor de las certidumbres el carácter de las personas. Esta “pasión secreta” de su marido –como ella misma la llama-  es determinante para que Mrs. C. se quede fascinada precisamente ante las manos de un jugador, se deje atrapar por ellas y pueda, a su vez, vivir su propia pasión secreta.

Por otro lado, el texto deja una interrogante permanentemente abierta sobre la figura del jugador. Podríamos decir que Mrs. C. se enamora antes de saber de quién se ha enamorado, antes de haber visto la cara del joven. Cuando por fin sube la mirada desde las manos hasta el rostro, lo que allí  encuentra es a un hombre joven al que ella calcula unos veinticuatro años. Más adelante dirá que apenas contaba veinticinco años. En otra ocasión llegará a verlo  “inmensamente más joven”, también,  “semejante a un adolescente”. Estas diferentes formas de ver al personaje del jugador, de reconocerlo, contrastan con esos otros momentos en los que Mrs. C. siente una total extrañeza ante su presencia, como sucede cuando se despierta en la habitación del hotel después de haber pasado la noche con él. “…entonces vi, junto a mí, a un hombre semidesnudo, un hombre extraño, absolutamente desconocido para mí…” Mrs. C. parece caer entonces en la cuenta de que no sabe absolutamente nada de ese hombre al que la noche anterior trataba con tanta naturalidad. Entre esos dos tiempos la sexualidad ha hecho su entrada rompiendo la familiaridad del trato y colocando ese punto de extrañeza entre los dos amantes. Mrs. C. se siente invadida por el terror e intenta huir, pero inmediatamente recompone la escena, vuelve a mirar al hombre con nuevos ojos y aquella extrañeza siniestra con la que despertó se difumina. El hombre que había junto a ella ya no se parecía en nada al que había conocido la noche anterior, aquel en  cuyo rostro la pasión se mostraba impúdicamente, ahora mostraba una cara diferente, “infantil, pueril, radiante de pureza y serenidad”.

Dadas las diferentes versiones sobre el personaje del jugador que Mrs. C. va construyendo, cada vez resulta más difícil precisar de quien o de qué se ha enamorado. Ese hombre es ahora un muchacho al que ella ve como un hijo: “contemplaba maternalmente a aquel muchacho dormido, a quien de nuevo -¡con dolor, como a mis propios hijos! –había dado el ser”, salvándolo de un posible suicidio.

Efectivamente hay alguna coincidencia entre esas diferentes formas de ver al personaje del jugador y sus propios hijos. Entre un hombre joven de unos 24 años y un adolescente hay una evidente diferencia, diferencia similar a la que había entre sus dos hijos, de los cuales  nos dice el texto que dos años antes el mayor ya prestaba servicio en el ejército, mientras que el menor aún estaba en el colegio.

El hecho de que a pesar del tiempo transcurrido desde aquel encuentro, Mrs C no hubiese podido elaborar lo que de traumático tuvo para ella, nos hace suponer que hubo allí algo más que una aventura amorosa con un extraño, pues lo traumático siempre tiene que ver también con lo que nos resulta más familiar.

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