Comentario al libro “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig, por Concepción M. Miralles

A pesar de sus escasas 100 páginas, estamos ante una de las obras maestras de la literatura, cuyo autor, Stefan Zweig,  hemos escogido para iniciar estas tertulias de literatura y psicoanálisis.

Zweig fue un escritor sobresaliente, de enorme talento, que gozó de excelente reputación como uno de los mejores escritores, biógrafos y ensayistas de su época, sobre todo entre los años 20 y 40, pero que también sufrió la represión y el oprobio de ver sus obras prohibidas y reducidas a cenizas por los nazis de la Segunda Guerra Mundial. Tras su suicidio en Brasil en 1942, su obra fue cayendo en el olvido hasta que recientemente, con la reedición de sus libros por algunas editoriales,  vuelve a cobrar el lugar en la cultura que siempre ha merecido.

En primer lugar me gustaría situarles este relato largo, o en esta novela corta, Veinticuatro horas de la vida de una mujer, publicada primero en inglés, y  editada posteriormente en Leipzig en 1926. En su primera edición apareció junto a otros dos relatos, dentro de una trilogía titulada “Confusión de sentimientos”, en cuyos relatos se trataba el tema tabú de la homosexualidad y planteamientos de corte feminista.  Los hechos narrados en la historia transcurren, según se nos indica en el primer párrafo, diez años antes de la guerra (Primera guerra mundial).

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una novela de fino trazado literario, donde destacan algunas descripciones memorables. Es una novela de corte psicológico, que trata el tema de la voluntad y sus flaquezas, del temor a ser dominado por la inmediatez y la fuerza de pasiones desconocidas que puedan anular el control de la voluntad. También se podría considerar una novela de amores tortuosos, prohibidos y dañinos.

La historia arranca con un suceso imprevisible ocurrido en el apacible y relajado escenario de un hotel de la Riviera cercano a Montecarlo: Mme Henriette, refinada y respetable mujer de un comerciante y madre de dos niñas, se ha dado a la fuga con un atractivo joven francés alojado en el hotel, al que sólo conocía desde el día anterior.

La tranquilidad de los siete huéspedes de la pensión se ve alterada por este  incidente,  inadmisible desde su moral burguesa, y durante la comida se desencadena una acalorada, que torna a violenta discusión, en la que se condena la conducta disoluta e inconsciente de Mme. Henriette.  Todos coinciden en condenarla, excepto uno de los allí presentes, que es precisamente el que contará la historia, el narrador de la misma. Frente a las críticas de sus contertulianos, éste defiende el honor de la dama, sosteniendo que el modo en que  obró demuestra en realidad mayor valentía y franqueza que el de aquellas mujeres que se someten a pesar suyo a una vida que las asfixia y las hace desgraciadas (pag. 14: “encuentro más digno que una mujer ceda a su instinto, libre y apasionadamente, que no, como ocurre por lo general, engañe al marido en sus propios brazos y a ojos cerrados”). Su atrevida opinión anima a la distinguida anciana inglesa, Mrs. C.  a pronunciarse sobre el asunto, cuestionando más bien al atrevido contertulio sobre la fortaleza de su defensa, quedando la cuestión planteada en los términos siguientes: ¿puede lanzarse una mujer cualquiera inocentemente a una aventura movida por un impulso desconocido, por una fuerza que la mueve a actuar de un modo que juzgaría imposible una hora antes de hacerlo,  y de lo cual no cabe hacerla responsable?

Este detonante, que sólo ocupa unas pocas páginas en el inicio del libro, es en realidad una excusa literaria del autor para dar paso a la verdadera historia, la que contará la Mr. C. precisamente al único que ha defendido a Mme Henriette. Ella necesita contar lo que ha callado durante más de veinte años: las veinticuatro horas más tortuosas de su vida, que ha mantenido en secreto durante todos esos años. Ahora, sin embargo, siente la necesidad de hablar de ello, y no es casual la elección de su confidente: sabe que él no la va a juzgar ni a condenar, ni le hará ningún reproche después, y tampoco busca su consejo ni su aprobación. En realidad sólo necesita ser escuchada y escucharse a sí misma relatar lo sucedido, poner orden a sus ideas, expresarlas por primera vez. Para ello lo invita a subir a su habitación del hotel, y en la más estricta intimidad le relata lo sucedido un día de su vida de veinte años atrás: al igual que Mme. Henriette –de quien en realidad no conocemos nada- ella misma también arriesgó su vida, en este caso para “ayudar” a un desconocido, un jugador que esa noche lo había perdido todo en el juego. Pero detrás de la loable intención de salvarle la vida a un hombre que estaba a punto de suicidarse, lo que Mr. C. descubre con temor, a medida que va poniendo en orden  ese recuerdo,  es que hubiera sido capaz de sacrificarlo todo por un desconocido: su fortuna, su honor, su reputación. (Pag. 82: “Si aquel hombre me hubiera abrazado y me hubiera pedido que le siguiera hasta el fin del mundo, no habría vacilado en deshonrar mi nombre y el de mis hijos. (…) no existe bajeza que no hubiera hecho por él. (…) Pasaría con él aquella noche y también las siguientes…, todas las que él quisiese, todo el tiempo que se le antojase”.

Por varios motivos, de clara percepción, recuerda esta escena más que a una confesión espiritual a una sesión de análisis.

Quiero hacer una observación sobre la figura del narrador, que es precisamente la persona elegida para escuchar la confesión de Mr.C. Por un capricho literario, o quizá obedeciendo a una intencionada estrategia, si bien una mujer, Mr. C., es quien cuenta en primera persona los hechos, pensamientos y deseos más oscuros y escondidos de su vida,  va a ser un hombre el verdadero narrador de esta historia, un espectador y testigo de todo lo sucedido, un sujeto pasivo en la escucha, pero activo en la escritura –lo hace muchos años después-, que ha accedido a escucharla y que luego narra a su vez la historia, con lo que esto supone al darla a leer y conocer. Claro, si no estuviera esto, no habría libro que comentar, pero no deja de ser una curiosidad que algo contado tan en secreto venga luego a ser publicado a los cuatro vientos, lo cual me lleva a la primera de las cuestiones que me ha planteado esta lectura, que tiene que ver con la ética profesional del psicoanalista: el temor o sospecha que, sobre todo al inicio, tienen algunas personas a que su terapeuta no sea un buen guardián de los secretos que se le confían, temor que algunas veces puede hacer zozobrar la terapia.

Por otra parte, y atendiendo al contenido de la confidencia, me planteo otra cuestión: lo que asusta a Mr. C es precisamente el descubrimiento de que hubiera sido capaz de ponerse en las manos de otro, de un desconocido, y de someterse a su voluntad y sus caprichos, abandonando su vida segura y estable para dejarse arrastrar por un instante de pasión. Ella está dispuesta a aceptar el estrago de su posición de víctima en una relación de la que ni siquiera puede imaginar los límites.

De nuevo se me plantea otra cuestión: ¿Es esta la posición de una víctima, por ejemplo de casos de mujeres maltratadas?

Llama la atención el manejo de los tiempos que hace Zweig en este relato. En la primera parte de la historia, la que se refiere a la huída de Mme. Henriette, hay un tiempo presente que podríamos calificar de “abortado” o quebrado, en tanto que rompe con lo que es esperable y previsible, y que apunta a un futuro más que incierto. Por otro lado hay una presencia constante del pasado, protagonizada por Mr. C., que rememora un suceso oscuro de su pasado, que ha mantenido en secreto hasta ahora. Las dos historias confluyen en ese punto inquietante en el que los tiempos dejan de marcar una diferencia, esa especie de triángulo de las Bermudas, también llamado Triángulo del Diablo y Limbo de los Perdidos, donde ocurren sucesos inexplicables que tienen que ver con un funcionamiento extraño del espacio y del tiempo. El manejo de tiempos, de vidas y de historias, aquí es un recurso literario que utiliza Zweig para poner de manifiesto que, con más de veinte años de diferencia entre lo sucedido a una y otra mujer, el problema que se plantea es el mismo, mantiene la misma vigencia social y moral, porque el conflicto planteado arranca de aspectos consustanciales de la subjetividad humana  que están más allá de cualquier época.

Pero hay una particularidad en la historia pasada y rememorada, la de Mrs. C.: precisamente esa lejanía en el tiempo le ha permitido realizar cierta elaboración y distanciarse emocionalmente, y por eso puede hablar de ello, analizar sus actos y valorarlos con mayor frialdad.

Y es a partir de esta apreciación sobre el tiempo que me planteo una tercera cuestión: ¿en el análisis, facilita el tiempo dialectizar con mayor capacidad crítica y analítica un hecho traumático vivido?

Por poner un punto de humor, relacionado en cierta manera con el tiempo en el análisis hay una escena en la película  El dormilón, cuando Woody Allen, tras descubrir que se ha pasado doscientos años durmiendo, suspira y explica apesadumbrado que, de haberse pasado todo ese tiempo yendo a terapia, ahora ya casi estaría casi curado. Casi. Faltaría saber si el tiempo de sueño, el de durmiente, también obró su labor en la conciencia de W.A.
Hay una estructura que insiste y gira en torno a dos movimientos casi pendulares en el relato: uno es la rebeldía, la insumisión. Las dos protagonistas son mujeres que hacen algo que no deberían porque se rebelan a una situación determinada: la una supuestamente  a un matrimonio que no la satisface, la otra, movida por el altruismo, quiere evitar que un desconocido se suicide, pretende salvar una vida que se ha condenado a la perdición. Son, en cierto modo, dos heroínas en el sentido clásico de los cuentos, al asumir la función de convertirse en insurgentes frente a la ley y la moral que gobierna sus mundos, pues ponen en riesgo su propia vida en el empeño. Y en relación con esta posición de valor y rebeldía, hay otro elemento, que sólo conocemos en el caso de Mrs. C.: el temor por un algo desconocido que la impulsa a su propia perdición y que provoca el descontrol absoluto de su voluntad, llegando al extremo de  abandonarse a la voluntad de otro. Del atrevimiento a la perdición…  Hay un punto en el que la vida, que era serena, segura y apacible, se pone en peligro y deriva al naufragio. Y después de eso ya nada es igual que antes, pero no por el acto cometido en sí, sino por el temor a esa fuerza desconocida e interna capaz de hacer peligrar toda la vida en cuestión de horas.

Y esta es la última cuestión que me planteo, a raíz de esta última observación: ¿en qué consiste esa fuerza demoníaca?, ¿dónde radica su fuerza? Y…, puesto que en los dos casos relatados se trata de mujeres, ¿tiene alguna relación con una dimensión  femenina del ser humano, independientemente de ser un hombre o una mujer quien la experimente?

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12 pensamientos en “Comentario al libro “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig, por Concepción M. Miralles

  1. Estimulante tu análisis.

    Especialmente donde hablas sobre el inquietante papel del narrador. Creo recordar que una de los miedos de Miss C para no contar su historia es que salga a la luz. En mi opinión la motivación de Misstres C es la misma que le lleva a una persona a ponerse en terapia: sentirse libre para hablar sin juicios y con la confianza de que eso se va a mantener en secreto. Nunca lo había pensado como tu lo planteabas.

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  2. Hola, tengo abierto aquí tu análisis. Lo he empezado a leer y desde ahí me ha prendado. Tanto que pasare tu documento a word para subrayar y hacer anotaciones. Yo soy coordinadora de un círculo de lectura en el que nos reunimos cerca de 15 personas cada mes y hace desde un año a cometar el libro que decidimos entre todos llevarnos como consigna de lectura. Al reunirnos compartimos nuestra experiencia lectora en sí, conocemos sobre el lector y comentamos sobre los temas abordados, personajes, estilística, género literario, ubicación de la historia espacial y temporalmente y pues le sacamos el mayor provecho. Hemos descubierto que leer y compartir es más enriquecedorq que hacerlo individualmente. Y bueno, eso es todo sólo queria comunicarte que tu análisis me servira bastante para hacer más nutrida la sesión. Mil gracias, en lo que llevo me ha gustado tu punto de vista y desarrollo de tu exposición.

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    • Gracias por expresar tu opinión. Nos alegra que te haya gustado el comentario y que pueda serviros para el análisis de vuestras lecturas. Enhorabuena y ánimo con el grupo que formáis. Efectivamente, es mucho más enriquecedora y provechosa la lectura compartida.
      Saludos cordiales,
      Concha M. Miralles

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